~MAKSIM~
No me gustaba cómo había terminado todo, pero no por la sangre, ni por los cadáveres que aún arrastraban fuera del salón, ni por el olor metálico que se mezclaba con el perfume caro y el miedo. Eso era parte del mundo en el que vivía. Lo entendía. Lo esperaba. Lo que no me gustaba era la posición en la que había quedado… y la mujer que tenía delante.
Alessia Cardinale no encajaba en nada de lo que había previsto. La observé en silencio, con el vestido blanco manchado de rojo, el cabello ligeramente alterado y la respiración demasiado estable para alguien que acababa de sobrevivir a un ataque.
No había en ella rastro de histeria, ni de debilidad, ni de ese miedo que solía aparecer en las mujeres cuando la violencia dejaba de ser un concepto lejano y se volvía real. En su lugar había calma. Una maldita calma que no me gustaba, porque significaba que ya había tomado una decisión… y que, de alguna forma, esa decisión me incluía.
Sabía perfectamente lo que había hecho. Sabía cómo funcionaban las cosas en nuestro mundo. Una vida salvada no era un gesto, era una deuda, y las deudas de ese tipo no se ignoraban sin consecuencias.
Apreté la mandíbula mientras la miraba, sintiendo cómo la irritación crecía en mi pecho, no por lo que había pasado, sino porque me había puesto en una posición que no aceptaba fácilmente. No me gustaba deberle nada a nadie, y menos a ella.
—De acuerdo —dije al final, con la voz baja, controlada, dejando que cada palabra cargara el peso de mi decisión—. Voy a casarme contigo.
Sus labios se curvaron apenas, pero no en una sonrisa abierta, sino en algo contenido, como si ya supiera que iba a decirlo.
—Pero no te confundas —añadí, dando un paso hacia ella, lo suficiente para invadir su espacio y marcar territorio—. No lo hago porque hayas ganado nada ni porque me hayas manipulado con tus palabras zalameras y crea que eres el tipo de mujer que necesito. Lo hago porque soy un hombre de palabra. Le di mi palabra a tu padre y voy a cumplirla. Este matrimonio es un trato entre organizaciones, y con esto también saldas lo que te debo. Después de esto, no hay nada más entre nosotros.
La miré fijamente, esperando algún tipo de reacción, cualquier grieta que confirmara que, a pesar de todo, seguía siendo una mujer como las demás. Pero no la hubo. Solo asintió con una tranquilidad que volvió a irritarme.
—Lo acepto —respondió—. No importan tus razones. Me basta con que lo vayas a hacer.
No discutí más. No tenía sentido alargar algo que ya estaba decidido.
—Bien. Hagámoslo de una vez.
Busqué al oficiante con la mirada y lo encontré escondido debajo de una de las bancas, temblando como un maldito cobarde.
Caminé hacia él sin prisa, lo agarré del cuello de la camisa y lo saqué de allí de un tirón, ignorando sus quejidos y sus intentos inútiles de resistirse. No tenía paciencia para su miedo ni para su debilidad.
—Levántate —le ordené, empujándolo hacia el altar improvisado—. Se acabó el drama. Vas a hacer tu trabajo.
El hombre apenas podía sostenerse en pie, pero no me importó. Me giré hacia el salón y alcé la voz con autoridad.
—¡Todos los que sigan respirando, vengan aquí. Esto se termina ahora!
Nadie discutió. Nadie dudó. Los sobrevivientes comenzaron a acercarse, algunos manchados de sangre, otros heridos y otros cuantos todavía en shock, pero todos obedeciendo. Eso era lo único que necesitaba: testigos.
Regresé al lado de la maldita gorda y me coloqué junto a ella sin mirarla, manteniendo la atención en el oficiante.
—Empieza —le dije—. Y hazlo rápido. Nada de protocolos inútiles. Ve directo a lo importante.
El hombre asintió nerviosamente y comenzó a hablar, saltándose todas las formalidades que normalmente habrían llenado ese momento.
No había romanticismo. No había solemnidad. Solo un trámite.
—A-Alessia Vittoria Cardinale… —tartamudeó—, ¿acepta usted al señor Maksim Aleksandrovich Volkov como su esposo, para amarlo, respetarlo, serle leal y cuidarlo en la enfermedad y en la adversidad, hasta que la muerte los separe?
—Sí —respondió ella sin dudar. Por supuesto que no lo hizo.



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