Entrar Via

LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 50

~ALESSIA~

Sin esperar una respuesta de mi parte y sin molestarse en añadir una sola palabra más, Maksim se dio la vuelta y se marchó en dirección a su despacho, como si mi presencia fuera algo que simplemente debía obedecerle por inercia.

Lo observé alejarse con la mirada, sintiendo esa punzada conocida de fastidio que siempre lograba sacarme con su manera de hacer las cosas, como si los demás estuviéramos obligados a obedecerle.

Por un instante, me vi tentada a no ir, a dejarlo allí, esperando, que se consumiera en su propia cólera, que se tragara su orgullo y aprendiera que las cosas no se ordenan, se piden de buenas maneras. La idea me resultó tentadora, demasiado tentadora, pero no me dejé llevar por ese impulso.

Respiré hondo, obligándome a pensar con claridad, porque algo en su tono, en su manera de hablar, me decía que lo que tenía que decir no era cualquier cosa.

Además, tampoco era momento de tensar la cuerda más de lo necesario; había que saber cuándo empujar y cuándo ceder un poco, y anoche él había dado un paso que, viniendo de alguien como Maksim Volkov, no era precisamente pequeño.

Había reconocido algo, se había expuesto a su manera y hasta había estado dispuesto a humillarse frente a mí con tal de demostrar que hablaba en serio, y eso no era algo que yo fuera a ignorar.

Sentí las miradas de Mila y Artem sobre mí, expectantes, como si ambos estuvieran apostando internamente a ver qué haría, si lo mandaría al carajo o si, por el contrario, seguiría el juego.

Giré apenas el rostro hacia ellos y les dediqué una leve sonrisa.

—Empiecen a comer —les dije con naturalidad—. No me esperen.

Mila asintió, todavía con esa curiosidad chispeándole en los ojos, mientras Artem se limitó a observarme con esa expresión suya que siempre parecía saber más de lo que decía.

No añadí nada más. Me puse en pie y salí del comedor con paso firme, dirigiéndome directamente hacia el despacho.

No me detuve ni un segundo frente a la puerta. La abrí sin anunciarme y, en cuanto entré, la cerré de un portazo que resonó con fuerza en el espacio.

Maksim ya estaba de pie tras el escritorio, esperándome, con esa postura rígida que lo hacía parecer aún más grande de lo que ya era.

No perdí tiempo. Avancé hasta detenerme frente al escritorio y lo miré directamente a los ojos.

—Esas no son formas de pedir las cosas —le solté sin rodeos.

Su reacción fue inmediata. Me fulminó con la mirada, y su expresión se endureció al punto de parecer tallada en piedra.

—Cierra la puta boca —gruñó— y no me hagas enfadar más de lo que ya lo has hecho.

Levanté una ceja, fingiendo una inocencia que sabía perfectamente que no tenía.

—¿Enfadarte? —murmuré—. ¿Y por qué te hago enfadar?

Su mandíbula se tensó y, con un movimiento brusco, agarró una carpeta que estaba sobre el escritorio y la lanzó hacia mí, dejándola caer con un golpe seco frente a mis manos.

—Por hacerme quedar como un maldito pendejo —espetó—. Como si no tuviera los cojones suficientes para mandarte a la m****a y negarme a cumplirte tus caprichos.

Bajé la mirada hacia la carpeta, sin tocarla todavía, y luego volví a mirarlo.

IMPACTADA 1

IMPACTADA 2

Verify captcha to read the content.VERIFYCAPTCHA_LABEL

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO