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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 59

~ALESSIA~

Me observé una última vez frente al espejo mientras terminaba de acomodarme la camiseta de algodón sobre el cuerpo. El short era ridículamente corto, sí, pero también cómodo y además sabía perfectamente el efecto que iba a provocar en Maksim cuando me viera así. Porque una cosa era jugar con fuego y otra muy distinta era fingir que no disfrutaba hacerlo arder.

Y Dios sabía que últimamente me estaba divirtiendo demasiado provocándolo.

Aunque si era completamente sincera conmigo misma, había estado peligrosamente cerca de cancelar aquella estupidez e irme directamente a dormir. Porque ir a la habitación de Maksim Volkov por voluntad propia era prácticamente entrar sola al territorio del enemigo.

Y no cualquier enemigo.

Uno enorme, musculoso, dominante, peligrosamente atractivo y que últimamente parecía decidido a devorarme apenas tuviera la menor oportunidad.

La sola idea logró que un calor ardiente me subiera por el cuerpo.

Resoplé y negué con la cabeza.

No iba a comportarme como una cobarde ahora. No después de todo lo que había provocado entre nosotros.

Además, yo también quería jugar.

Y muchísimo.

Así que agarré valor, porque esto era un choque de voluntades para saber quién tenía la carne más débil, salí de la habitación y caminé hacia la suya intentando ignorar el revoloteo extraño que sentía en el estómago conforme me acercaba.

Cuando finalmente llegué, levanté la mano y golpeé la puerta. Unos segundos después, esta se abrió... y m****a.

Tal vez sí debí quedarme encerrada en mi habitación.

Maksim estaba descalzo, despeinado y sin camisa.

Mi mirada descendió involuntariamente por su pecho musculoso, por sus tatuajes oscuros extendiéndose sobre la piel y por ese abdomen duro que parecía tallado a mano por algún dios romano del sexo.

Dios santo.

¿Cómo podía existir alguien tan condenadamente bueno?

Y si pensaba en su enorme polla, esa que me había tragado la noche anterior... m****a.

Recordarlo me hacía pensar en Príapo, ese dios romano con su monstruosa polla.

«¿Será descendiente suyo?»

Maksim levantó la vista y sonrió apenas al verme.

—Pensé que no ibas a venir, esposa.

Parpadeé rápidamente, alejando mis pensamientos, y entré a la habitación intentando actuar normal para que no se diera cuenta de que estaba pensando en su amigote, que por cierto se notaba a simple vista bajo esos pantalones de pijama.

«¿No lleva calzoncillos?»

—¿Y por qué no iba a venir?

Maksim cerró la puerta detrás de mí y casi inmediatamente sentí cómo se acercaba hasta quedar pegado a mi espalda.

Su aliento cálido me rozó la oreja.

—Por miedo, tal vez —susurró.

Me giré rápidamente para enfrentarlo y terminé chocando directamente contra su pecho desnudo.

Error.

Gravísimo error.

Porque sentir toda esa musculatura caliente debajo de mis manos me puso peligrosamente nerviosa.

Apreté la mandíbula y levanté la barbilla.

—Yo no soy ninguna miedosa.

Él soltó una risa baja y masculina que vibró directo en mi estómago.

—¿Ah, sí?

Intenté concentrarme en cualquier otra cosa que no fuera el hecho de que estaba prácticamente semidesnudo frente a mí. Porque sí, definitivamente, estaba segura de que no llevaba calzoncillos. Si no, su polla no se sentiría tan peligrosamente bien contra mi vientre.

—¿Y tú por qué no traes camisa? —repliqué, retrocediendo para poner distancia.

Maksim se encogió de hombros como si fuera la cosa más normal del mundo.

—Así estoy más cómodo.

—Yo no miro esa basura.

Sentí cómo se reía contra mi piel. Su aliento cálido fue muy bien recibido por todas mis terminaciones nerviosas.

—Sí, me imaginé eso.

Otro beso. Más lento esta vez. Más provocador. Y mi cuerpo entero reaccionó, humedeciendo mis bragas.

Joder. Me sentía como un conejito yendo a la boca del lobo.

Maldito hombre.

—¿Entonces una de terror? —preguntó divertido, sus dedos haciendo círculos en mi vientre—. Así puedo abrazarte cuando te dé miedo.

Me reí y negué, girando la cabeza para verlo por encima de mi hombro.

—Eso jamás pasaría. Las películas de miedo me dan risa en realidad.

Maksim levantó una ceja claramente intrigado.

—Entonces no sé qué demonios quieres ver.

Sonreí con toda la malicia que pude reunir.

—¿Y si mejor vemos una porno?

Maksim literalmente se atragantó con su propia saliva y empezó a toser mientras yo soltaba una carcajada.

—¿Qué m****a? —gruñó apenas logró recuperarse—. ¿Estás bromeando?

Me giré lentamente hasta quedar frente a él otra vez.

—No. Ya somos adultos. Podemos ver esas cosas.

Sus ojos se oscurecieron peligrosamente mientras me observaba.

Luego enarcó una ceja.

—Está bien. —Su voz bajó varios tonos—. Pero no me hago responsable de nada si ese tipo de películas me pone… ya sabes. Muy cachondo.

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