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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 60

~MAKSIM~

Dando un paso al frente para acercarse más a mí, Alessia puso sus manos en mis hombros y se inclinó para susurrarme:

—Bueno, si te pones así, yo te ayudo. No te preocupes.

Guiñándome el ojo, se hizo hacia atrás, con el labio inferior atrapado entre sus dientes y una sonrisa descarada en su boca.

Definitivamente, Alessia Cardinale venía con todo para acabar conmigo.

No encontraba otra explicación lógica para lo que estaba haciendo.

Porque una cosa era provocarme con escotes, coqueteos y esa boca insolente que parecía existir únicamente para hacerme perder la paciencia… pero otra muy distinta era entrar voluntariamente a mi habitación usando unos malditos shorts diminutos, quedarse sola conmigo y luego sugerirme, con toda la tranquilidad del mundo, que viéramos una jodida película porno.

Una porno, maldita sea.

La miré fijamente durante varios segundos, intentando decidir si estaba hablando en serio o si solo estaba jugando conmigo otra vez.

El problema era que ya no sabía diferenciar cuándo estaba jugando y cuándo realmente quería algo.

Y honestamente… eso me volvía loco.

Ella sostenía mi mirada con expresión inocente, pero había malicia en el brillo de sus ojos. Muchísima.

Ahí estaba el conejito. Moviendo la cola delante del lobo. Provocándolo. Retándolo. Creyendo que podía acercarse al depredador sin terminar atrapado entre sus dientes.

Y lo peor era que probablemente sí podía, porque yo estaba peligrosamente dispuesto a dejarla hacer conmigo lo que quisiera, pero no sin antes jugar mis cartas e intentar darle unos mordiscos.

Solté una risa baja y me pasé una mano por la mandíbula antes de caminar hacia la cama.

—Bien. Espero que no solo estés hablando por hablar —murmuré—. Pon la maldita película entonces. Te dejo que escojas una.

Escuché su risita detrás de mí y sentí cómo mi autocontrol empezaba a degradarse peligrosamente.

Agarré el control remoto y encendí la enorme pantalla frente a la cama mientras Alessia caminaba tranquilamente por la habitación, observando todo con curiosidad descarada.

—Así que esta es la habitación de mi esposo —comentó divertida, mientras pasaba su mano por las sábanas de seda oscura que cubrían la enorme cama.

La miré por encima del hombro.

—Sí. Y pronto la tuya también.

Levantó una ceja.

—¿Tan seguro estás?

Sonreí lentamente mientras me sentaba sobre la cama.

—Tan seguro como que esta noche voy a escucharte gritar mi nombre con un tono bastante suplicante, conejita.

Ella soltó otra risa suave y finalmente se acercó, subiéndose a la cama conmigo, aunque manteniendo una prudente distancia que me pareció una provocación más.

Porque estaba segura de que yo quería acercarla y tenía toda la razón del mundo.

Apoyó la espalda contra el cabecero y cruzó las piernas como si estuviera completamente cómoda.

Demasiado cómoda.

Le di el control del televisor para que buscara la película y luego mis ojos bajaron automáticamente hacia sus piernas desnudas.

Luego hacia el short.

Luego hacia sus tetas bien cubiertas por la camiseta.

Joder.

Estaba seguro de que había sido intencional, porque que estuviera cubierta y solo mostrando las puntas duras de sus pezones era más provocador que los escotes.

Me imaginaba agarrando el dobladillo con los dientes y levantándolo hasta quitarla de mi camino y dejar que esas enormes tetas quedaran al descubierto. Podía recordar el dulce sabor de esos pezones.

Infiernos.

Ni siquiera habíamos empezado la película y yo ya estaba pensando cosas muy poco decentes.

—¿Vas a mirar la pantalla o vas a seguir mirándome así? —preguntó divertida.

—No sé. Tú eres bastante más interesante que cualquier película.

Sus labios se curvaron lentamente.

Negué moviendo la cabeza y envolví mi brazo a su alrededor, apretándola contra mí.

—Muy duro sí, tenso jamás —declaré.

Alessia sonrió con esa malicia tan suya y sus dedos se deslizaron lentamente por mis tatuajes, recorriendo un camino que los llevaba hacia el sur.

Los gemidos y los «Oh, joder. Fóllame muy fuerte» resonaban desde la pantalla, pero ninguno de los dos prestaba atención a lo que pasaba, ya que nuestro jueguito de cacería era mucho mejor.

—¿No te avergüenza confesarlo?

—¿Por qué iba a avergonzarme confesar que mi esposa me pone muy duro?

Noté cómo reprimía esa sonrisa de satisfacción.

—¿De verdad es por mí o en realidad es por la película?

—¿Me has visto viendo esa m****a y no a ti?

Se mordió el labio.

—¿Y qué tan duro te pongo?

La miré fijamente y luego agarré su muñeca para deslizarla más abajo, donde mi erección casi rompía la tela del pantalón.

—¿Y por qué no lo compruebas tú misma, conejita?

Su respiración se alteró apenas cuando envolví su mano con la mía y la hice apretarme.

Un gruñido retumbó en mi garganta y me relamí.

—¿Te gusta sentir cómo me pones?

Su pecho se sacudió mientras respiraba profundamente.

—Me gusta. Sí.

Sonreí. Incliné mi cabeza hacia la suya y, mientras le apretaba más la mano alrededor de mi bulto de acero ardiente, le pasé la lengua por los labios.

—¿Y no te gustaría que hiciéramos nuestra propia película porno, en vez de seguir fingiendo que le estamos prestando atención a la de la pantalla?

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