~MAKSIM~
Estaba terminando de abotonarme la camisa cuando tocaron a la puerta de mi habitación.
—Vpered! (¡Adelante!) —gruñí, acomodándome los puños de la camisa frente al espejo.
La puerta se abrió con cuidado y una de las sirvientas apareció del otro lado.
—Dobroye utro, Pakhan (Buenos días, Pakhan) —saludó respetuosamente.
—Dobroye utro —respondí sin apartar la vista de mi reflejo.
Terminé de acomodarme el reloj y entonces sí giré apenas la cabeza hacia ella.
—La mandé a llamar porque necesito que haga algo.
La mujer enderezó la postura inmediatamente.
—Sí, señor.
—Quiero que hoy mismo muevan todas las cosas de mi esposa a esta habitación.
Vi claramente cómo sus ojos se abrían apenas con sorpresa.
—¿Las cosas de la señora Alessia?
—Sí. Todas —aclaré—. Quiero que empiecen a hacerlo cuando ella salga de la habitación y que terminen antes de la noche.
La sirvienta asintió rápidamente.
—Entendido, Pakhan.
Hice un gesto con la cabeza para indicarle que podía retirarse y ella no tardó ni dos segundos en obedecer.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, me quedé observándome una última vez en el espejo.
M****a.
Seguía sin acostumbrarme a lo extraño que se sentía todo esto.
Porque yo, Maksim Volkov, Pakhan de la Bratva, hombre que había jurado no dejar que ninguna mujer le revolviera la cabeza… ahora estaba organizando mudanzas románticas para su esposa como un maldito marido enamorado.
Y lo peor era que no me arrepentía ni un poco y hasta lo disfrutaba.
Sonreí apenas para mí mismo y salí finalmente de la habitación.
Mis pasos me llevaron directamente hacia el cuarto de Alessia y, honestamente, ni siquiera pensé en tocar antes de entrar.
Abrí la puerta y me encontré inmediatamente con la visión de ella frente al espejo, usando solamente una falda ajustada y un sostén negro que abrazaba esas malditas tetas italianas que me tenían completamente enfermo de deseo.
Mi cerebro dejó de funcionar unos segundos.
Alessia giró la cabeza hacia mí y frunció el ceño al instante.
—¿No te enseñaron modales? —espetó—. La gente normal toca la puerta antes de entrar.
Sonreí lentamente mientras avanzaba hacia ella sin ninguna preocupación.
—No veo el problema —respondí tranquilamente—. La habitación está dentro de mi casa, la mujer que está aquí es mi esposa y además ya te he visto muchísimo más desnuda que esto.
Ella hizo una mueca de fastidio y agarró la blusa que estaba sobre la cama.
—Eso no significa que puedas entrar como un salvaje cada vez que quieras.
—Claro que puedo... y lo haré.
Rodó los ojos y empezó a ponerse la blusa, pero apenas vi el escote pronunciado que dejaba al descubierto la parte superior de sus pechos, mi paciencia y mi buen humor murieron inmediatamente.
—No puedes usar eso —ladré.
Ella levantó lentamente una ceja.
—¿Disculpa?
Me acerqué y agarré el borde de la tela.
—Ya hablamos de estos malditos escotes.
Intenté levantarle la blusa para quitársela, pero Alessia me apartó las manos de un manotazo.
—Ni se te ocurra.
—Sí se me ocurre. Ponte otra cosa.
—No.
—Alessia.
—Maksim Volkov, deja de comportarte como una bestia bruta.
—No quiero que otros hombres te miren así.
—Pues arráncales los ojos si tanto te molesta.
Solté un gruñido frustrado.
—Maldita sea, mujer. Eres tan necia.
—Y tú una bestia bruta insoportable que cree que puede mandar en todo.
—Soy tu marido. Tengo derecho.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
No puedo desbloquear los capítulos y si cuento con saldo, ayuda!!!...