Una semana después...
~MAKSIM~
La tensión alrededor de la Bratva había cambiado durante esa última semana. Ya no era solamente el asunto con Irina Petrova flotando sobre nuestras cabezas como una amenaza constante. Era la sensación de que algo grande estaba acercándose y todos lo sabíamos.
La diferencia era que ahora Alessia estaba metida en medio de todo aquello junto a Artem y conmigo. No como observadora. No como “la esposa”. Sino como parte de la organización. Y honestamente, se había adaptado demasiado rápido. Más rápido incluso de lo que esperaba.
Esa tarde estábamos reunidos en mi despacho revisando movimientos de mercancía, cuentas, nuevas alianzas que los italianos habían traído y posibles riesgos con otras organizaciones.
Artem estaba sentado frente al escritorio revisando varios informes mientras Alessia permanecía a mi lado, hojeando una carpeta llena de rutas comerciales ilegales que acababan de enviarnos desde Nueva York.
Yo estaba de pie detrás del escritorio, apoyado contra él con los brazos cruzados mientras los observaba trabajar.
Y sí.
Me gustaba verlos así.
Especialmente a ella.
Porque ya no había dudas en la manera en que hablaba o tomaba decisiones.
Ahora sonaba exactamente como alguien que pertenecía a este mundo.
Alessia cerró la carpeta y levantó la mirada hacia Artem.
—Los serbios están mintiendo.
Artem arqueó una ceja.
—¿Por qué dices eso?
Ella deslizó el documento hacia él y señaló una parte específica.
—Porque las cantidades no coinciden. Mira las fechas.
Artem revisó rápidamente y frunció apenas el ceño.
—Mierda.
Alessia asintió lentamente.
—Están moviendo producto extra sin declararlo.
Sonreí apenas desde mi lugar.
—Exactamente lo mismo pensé.
Ella giró el rostro hacia mí.
—Porque es demasiado obvio. Nadie mueve tanto dinero en tan poco tiempo sin esconder algo.
Artem soltó una risa baja mientras seguía revisando los papeles.
—Dios. Ya ni siquiera sé para qué sigo aquí si ustedes dos piensan igual en todo.
—No pensamos igual en todo —gruñó Alessia inmediatamente.
La miré divertido.
—Es verdad. Ella sigue creyendo que puede usar esos malditos escotes delante de otros hombres.
Alessia me lanzó una mirada asesina.
—Y tú sigues creyendo que puedes decidir cómo me visto.
Artem levantó una mano.
—Ah, perfecto. Ya volvimos a la programación habitual.
Ignoramos completamente su comentario.
Alessia volvió a concentrarse en la reunión y señaló otro documento.
—Los turcos siguen presionando demasiado.
Artem asintió.
—Quieren ampliar territorio de distribución otra vez.
Alessia soltó una risa seca.
—Por supuesto que quieren. El primer acuerdo salió demasiado bien para ellos.
Me aparté finalmente del escritorio y caminé lentamente alrededor de él hasta quedar más cerca de ambos.
—La pregunta es qué vamos a hacer al respecto.
Alessia levantó apenas la barbilla.
—Ponerlos en su lugar antes de que olviden quién tiene el control.
Artem la observó interesado.
—¿Cómo exactamente?
Ella ni siquiera dudó.
—Reduciendo privilegios.
Tomó otro documento y lo abrió frente a nosotros.
—Quiero hombres nuestros supervisando cada entrega. También quiero limitarles temporalmente el acceso al puerto secundario.
Artem frunció el ceño.
—Eso va a molestarlos.
—Perfecto —respondió Alessia con tranquilidad—. Precisamente eso es lo que necesitamos.
Sonreí entre dientes.
M****a.
—¿Sigues dispuesto a ir hasta el final con esto?
Sostuve su mirada directamente.
—Nunca amenazo en vano.
Artem soltó un suspiro pesado.
—Porque una vez que encontremos a Irina, ya no habrá marcha atrás.
Alessia permaneció completamente seria.
—Nunca la hubo.
Hubo algo distinto en la manera en que dijo esas palabras.
Algo oscuro. Algo que me dejó claro otra vez que Alessia Cardinale no era una mujer que olvidara o perdonara fácilmente.
Honestamente… me gustaba. Porque entendía perfectamente esa parte de ella.
Entonces en ese momento, como si hubiéramos mencionado demasiadas veces el nombre del diablo, el teléfono de Alessia vibró sobre el escritorio.
Los tres bajamos la mirada automáticamente.
Alessia tomó el celular y vi inmediatamente cómo cambiaba apenas su expresión al leer el nombre en pantalla.
Yo también pude leerlo: Nicolo.
Artem también lo notó.
Alessia respondió enseguida.
—¿Sí?
Activó el altavoz y dejó el teléfono sobre el escritorio para que todos escucháramos.
La voz del italiano sonó grave y cargada de tensión al otro lado de la línea.
—Signora.
Alessia se incorporó apenas en la silla.
—Habla. Los tres te estamos escuchando.
Hubo un segundo de pausa antes de que Nicolo continuara:
—Finalmente cumplimos el objetivo.
Sentí cómo Artem se tensaba inmediatamente a mi lado. Alessia tampoco apartó la mirada del teléfono.
—Explícate.
La respuesta llegó clara.
—Ya encontramos a Irina Petrova.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
A mi tampoco me deja y tengo saldo...
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
No puedo desbloquear los capítulos y si cuento con saldo, ayuda!!!...