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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 74

~NICOLO~

Moscú de noche tenía un modo particular de pudrirse.

Las luces de la ciudad seguían brillando; los restaurantes seguían llenándose; los hombres seguían gastando dinero, follando y bebiendo como si el mundo fuera eterno. Pero debajo de toda esa m****a elegante, la ciudad olía a orina, m****a y sangre putrefacta.

Y esa noche no era diferente.

Desde el asiento del copiloto observé el sedán negro de Sergei Ivanov estacionarse frente al prostíbulo por segunda vez en menos de cuarenta y ocho horas.

—Nuestro amigo anda necesitado —murmuró Paolo desde el volante.

No respondí.

Mi atención estaba fija en Sergei.

Había aprendido hacía mucho tiempo que los hombres realmente peligrosos rara vez eran los más inteligentes.

Los más peligrosos eran los desesperados y Sergei Ivanov empezaba a oler exactamente así.

El ruso salió del vehículo acomodándose la chaqueta de cuero y echó una mirada rápida alrededor antes de entrar al edificio iluminado por neones rojizos. Los dos guardaespaldas permanecían cerca de la entrada fumando cigarrillos mientras la lluvia fina seguía cayendo sobre las calles oscuras de Moscú.

Paolo soltó un resoplido.

—Dos días escuchando las llamadas de este imbécil y todavía no tenemos nada.

Para mi hermano, que era un poco impaciente, impulsivo, violento y le gustaban más las misiones donde había que entrar disparando, la misión estaba siendo un fracaso, pero para mí, que me consideraba más cerebral, paciente y estratégico, sí teníamos algo. Pequeñas cosas, pero al final eran algo.

Sergei Ivanov había dejado de actuar como un simple shestyorka hacía varios días y empezó a actuar como un boyeviks a cargo de una misión importante y secreta.

Y, aun así, después de dos días de estar escuchando sus conversaciones y de mantener vigilados todos sus movimientos, no teníamos nada definitivo.

Todavía.

Miré el reloj y este marcaba las dos y diecisiete de la madrugada.

La ciudad comenzaba a vaciarse lentamente, aunque lugares como aquel nunca dormían. Nunca cerraban.

—Está saliendo —dijo Paolo de repente.

Levanté la vista.

Sergei apareció nuevamente por la entrada del prostíbulo, pero esta vez no estaba solo.

Una mujer rubia caminaba junto a él, tambaleándose ligeramente sobre sus tacones negros mientras se reía de algo que el ruso acababa de decirle.

Se trataba de una prostituta. Joven. Sexy. Mal hablada. Probablemente demasiado acostumbrada a hombres violentos.

Parecía ser su puta preferida, porque varias veces lo habíamos visto haciendo lo mismo: entrando al prostíbulo y llevándosela a un lugar solitario para follar en el auto.

Sergei le sostuvo la cintura para meterla dentro del coche y luego rodeó el vehículo para subir del lado del conductor.

Paolo encendió el motor apenas el sedán arrancó y entonces comenzamos a seguirlos.

Sin luces altas. Sin acercarnos demasiado. Pero sin perderlos de vista.

Moscú pasó frente a nosotros convertida en manchas húmedas de luz y concreto.

El sedán de Ivanov abandonó las avenidas principales y empezó a internarse en zonas industriales cada vez más vacías. Viejos almacenes. Rejas oxidadas. Edificios abandonados que parecían esqueletos gigantes bajo la lluvia.

—Che romantico —murmuró Paolo, irónico.

Sergei finalmente detuvo el vehículo cerca de un viejo almacén rodeado de árboles oscuros y estructuras industriales abandonadas.

No había nadie alrededor. Eso lo volvía el lugar perfecto para negocios ilegales. Perfecto para follar. Perfecto para desaparecer un cadáver.

Paolo estacionó varios metros atrás y apagó el motor.

El interior de nuestro vehículo quedó sumido en penumbras. Solo el sonido de la lluvia golpeando suavemente el parabrisas llenó el silencio durante unos segundos.

Hasta que Paolo tomó la tablet conectada al dispositivo y subió el volumen.

Primero llegaron risas. Después el sonido de un encendedor. Una inhalación profunda.

La voz de la mujer sonó amortiguada y divertida.

—¿Qué vas a querer esta vez, Sergei?

—Chúpame la verga hasta que me dejes seco, shlyukha (putita).

Paolo resopló con fastidio.

—Voy a arrancarme los putos oídos.

Sergei soltó otro insulto en ruso y entonces gruñó:

—Juro por Dios que estoy harto de los malditos caprichos de esa princesita de la Bratva.

Paolo giró lentamente la cabeza hacia mí. Yo no aparté la mirada de la tablet.

Estaba seguro de que allí estaba lo que queríamos.

La prostituta soltó una pequeña risa.

—¿Y ahora qué tengo que comprarle a esa suka (perra)?

Sergei dejó escapar un sonido fastidiado.

—Las mismas mierdas de siempre.

Escuché un encendedor otra vez.

Luego él continuó:

—Maquillaje. Toallas sanitarias. Cremas. Ropa. Mierdas que solo a mujeres pendejas se les ocurre comprar en situaciones como la que esa hija de perra se encuentra.

Sentí algo frío acomodándose lentamente dentro de mi cabeza.

No necesitaba más.

Estaba seguro de que estaba hablando de Irina Petrova.

Sergei Ivanov sabía dónde se escondía y le estaba ayudando a hacerlo.

La prostituta volvió a hablar:

—¿La misma dirección?

Sergei tardó apenas un segundo en responder. Un segundo. Pero para mí fue suficiente. Porque los hombres dudaban únicamente cuando sabían que estaban diciendo algo que no debían.

—Sí —gruñó al final—. La misma.

Paolo sonrió lentamente.

Yo no, porque en lo único que podía pensar era en lo que iba a pasar al día siguiente.

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