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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 75

~PAOLO~

No habíamos pegado el ojo ni un solo segundo y aún así ninguno de los dos nos sentíamos cansados o con sueño. De hecho, yo me sentía emocionado porque presentía que íbamos a tener un poco de acción, pues dudaba que atraparla resultara demasiado fácil.

Desde las siete de la mañana llevábamos siguiéndola por toda la maldita ciudad mientras hacía compras con el dinero que Sergei le había dado la noche anterior.

Exactamente las mismas mierdas que habíamos escuchado en la llamada.

Yo no era precisamente un hombre paciente. Y seguir a una prostituta mientras iba de tienda en tienda definitivamente no estaba dentro de mis actividades favoritas.

Esperaba ansiosamente que ya fuera directo al hoyo donde se escondía la perra rusa.

—Si esta mujer entra a otra tienda voy a pegarme un tiro —gruñí desde el volante.

Nicolo ni siquiera levantó la vista de la tablet.

—Cállate y sigue conduciendo.

Resoplé con fastidio.

Detrás de nosotros, otro de los vehículos avanzaba a distancia prudente. Vadim y Denis iban allí junto con cuatro hombres más de la Bratva Volkov. La gente que el Pakhan había dejado en Moscú para encontrar a Irina Petrova.

Venían con nosotros por si la situación se complicaba.

Y, definitivamente, iba a complicarse. O era lo que yo esperaba.

Porque una cosa era encontrar a Irina Petrova. Y sacarla viva de donde estuviera escondida era otro asunto completamente distinto.

Finalmente la prostituta dejó de entrar a tiendas, se subió al coche oxidado en el que se movía y abandonó la ciudad. Allí fue cuando dejé de bromear.

El tráfico empezó a desaparecer. Los edificios se volvieron escasos. Las calles comenzaron a verse más vacías.

Bosque. Carreteras húmedas. Fábricas abandonadas. Postes oxidados. La sensación de m****a inminente empezó a meterse lentamente bajo mi piel.

—Está nerviosa —murmuró Nicolo de repente.

Observé el vehículo frente a nosotros.

La mujer miraba constantemente por el retrovisor.

—¿Nos detectó?

—No —respondió Nicolo con calma—. De ser así ya habría intentado perdernos.

El automóvil finalmente abandonó la carretera principal y tomó un camino de tierra parcialmente cubierto de barro.

Maldije entre dientes y reduje velocidad.

El edificio apareció varios minutos después entre árboles secos y estructuras industriales olvidadas. Constaba de dos plantas de concreto desnudo, ventanas sin vidrio, hierro oxidado sobresaliendo como huesos rotos. Parecía un cadáver gigantesco abandonado en mitad del bosque.

Un lugar perfecto para servir de escondite a perras.

La prostituta estacionó frente al lugar y apagó el motor.

Nadie salió a recibirla. Pero eso no significaba una m****a. Porque hombres como nosotros no necesitaban mostrarse para estar vigilando.

Detuve el coche varios metros atrás.

Nicolo sacó unos binoculares de la guantera y observó el edificio durante unos segundos.

Luego habló por el radio comunicador.

—Vadim.

La voz grave del ruso respondió casi inmediatamente.

—Te escucho.

—Hay al menos una docena de hombres custodiando el lugar. ¿Puedes verlos?

—Los veo —respondió el ruso.

—Quiero el perímetro limpio antes de entrar. Y que sea rápido y sin mucho ruido para no alertar a Irina Petrova y darle tiempo a escapar.

—Así lo haremos y rodearemos el edificio por si se le ocurre escapar. Ustedes entren.

—Listo.

Mi hermano dejó el radio y volteó a verme.

—Una vez que los rusos tengan rodeado el lugar... entramos.

—De acuerdo.

Entonces las puertas del segundo coche se abrieron.

Vadim y Denis descendieron primero. Después los demás. Todos vestidos de oscuro. Armados. Moviéndose entre los árboles como sombras, listos para tomar posición.

Observé cómo desaparecían alrededor de la estructura.

Pasó un minuto. Dos. La lluvia golpeaba el techo del coche. Mi mano descansaba sobre la pistola. Esperando...

Entonces ocurrió.

—En posición.

Puse la pistola en su frente y disparé sin piedad. Su cuerpo se deslizó por la pared y seguí avanzando.

Más hombres corrían en el piso superior

Nicolo y yo intercambiamos disparos con ellos entre columnas de concreto desnudo.

Chispas. Gritos. Sangre.

Era un auténtico maldito desastre.

Cuando acabamos con ellos, seguimos avanzando hasta la puerta que resguardaban.

Nicolo abrió la puerta de una patada y entramos.

Allí estaba la prostituta... pálida y aterrada. Pero, lo más importante, era la mujer que se escondía detrás de ella.

No había que ser muy inteligente para adivinar de quién se trataba.

—Por favor, déjenme ir —chilló la prostituta—. Yo no he hecho nada.

Irina la sujetó por el cuello para usarla como escudo y entonces sacó una pistola y disparó hacia nosotros.

Estaba nerviosa. Así que el pulso le tembló y no pudo dar en el objetivo: nosotros.

Mi hermano y yo nos lanzamos hacia lados opuestos cuando otra bala nos pasó rozando.

Irina volvió a disparar, sin soltar a la prostituta. Yo también disparé y terminé matando a la mujer, que se volvió un peso muerto, así que Irina tuvo que soltarla y quedó en una posición vulnerable.

Irina intentó volver a disparar, pero Nicolo la alcanzó. Le sujetó la muñeca violentamente y la golpeó contra la pared. El arma cayó al suelo. Irina gritó furiosa, intentando arañarlo.

Yo la sujeté del otro brazo antes de que pudiera hacer otra estupidez.

—Otpustite menya! Otpustite menya, proklyatyye ublyudki! (¡Suéltenme! ¡Suéltenme, malditos bastardos!) —gritó con tono exigente, mientras se retorcía con desesperación.

Deseaba meterle una bala entre los ojos a la muy hija de perra, pero sabía que no podía, porque nuestra jefa tenía planes para ella.

Sin embargo, eso no me evitaba poder hacer otra cosa.

—Ni Dios podrá ayudarte, maldita perra rusa.

Levanté el puño y lo estrellé contra su asqueroso rostro, dejándola inconsciente en el acto.

Afuera todavía se escuchaban disparos aislados.

Gritos. Hombres muriendo. Pero dentro de aquella habitación todo había terminado.

Finalmente habíamos atrapado a la maldita Irina Petrova.

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