~ALESSIA~
La sangre goteaba por el rostro de Irina, cada gota marcando el tiempo como un reloj roto. Tenía las muñecas en carne viva contra la cuerda que la mantenía suspendida del techo del sótano, la ropa hecha jirones y el rostro completamente desfigurado por los golpes.
Paolo, el más sanguinario de los dos hermanos, y el que disfrutaba de torturar a sus enemigos, pasó la filosa hoja del cuchillo por la mejilla de Irina, sonriendo como uno de esos demonios infernales que vienen a la tierra a devorar las almas de los pecadores.
Pude notar el leve temblor que atravesó el cuerpo de Irina. Tenía miedo y no era para menos. Ya se había dado cuenta de que aquí no estábamos jugando y de que su pequeño atrevimiento torpe al mandar a matarnos había sido un gravísimo error.
De un tirón brusco, Paolo despedazó el vestido que Irina traía puesto. Los pedazos de tela cayeron al suelo y la rusa quedó vestida solo con la ropa interior.
Paolo la agarró por la mandíbula con una mano, hundiendo los dedos en la piel inflamada por los golpes. Irina soltó un quejido e intentó mover la cabeza para soltarse, pero el agarre de Paolo era fuerte, dominante.
Con la otra mano, Paolo pasó la hoja del cuchillo por el cuello de Irina. Bajó por su hombro, contorneó su espalda, su cintura y finalmente la clavó en el costado.
Irina apretó los dientes mientras un sonido quebrado escapaba de su garganta, especialmente cuando Paolo retorció la hoja en sus entrañas. Hizo un gran esfuerzo para contener las arcadas que el punzante dolor debió provocarle, pero terminó cediendo y vomitando una asquerosa y pestilente mezcla que contenía los pocos residuos de su estómago y sangre.
Paolo sacó la hoja sin miramientos y de la boca de Irina se escapó un alarido estrangulado. La sangre emanó de la herida a borbotones, formando un charco en el suelo que se mezclaba con la otra sangre que se había desprendido de las otras heridas.
Después, como una peligrosa fiera que acorrala a su presa, Paolo la rodeó y se paró delante de ella. Le pasó la hoja por el pecho, entre los senos y por el vientre. Irina lloró y de su boca salieron algunos balbuceos que parecieron una súplica. El problema era que yo no creía en súplicas baratas y mientras no le ordenara lo contrario a Paolo, él iba a seguir adelante.
Entonces volvió a enterrarle el cuchillo, esta vez en el vientre. Irina volvió a escupir sangre, pero ya ni siquiera pudo quejarse.
Apenas podía respirar y parecía que pronto iba a morir, porque su cuerpo no estaba soportando las torturas a las que había estado siendo sometido en las últimas horas.
Esa misma belleza que antes le causaba arrogancia y le hacía creer que podía despreciar las imperfecciones de los demás y obtener todo lo que quisiera, había quedado reducida a nada.
Le faltaban varios dedos en las manos, tenía varias heridas infligidas por el cuchillo en varias partes del cuerpo: en los brazos, en las piernas, en la espalda, en el estómago, y en el rostro. Sus ojos estaban tan inflamados que parecía que iban a salirse de sus cuencas.
—Bájenla —ordené.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
No puedo desbloquear los capítulos y si cuento con saldo, ayuda!!!...