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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 94

~MILA~

Después de haber dormido toda la noche como una bebé, me levanté renovada. Los moretones en mi cuerpo habían disminuido un poco y los había cubierto con maquillaje, tal y como Alessia me había enseñado el día anterior.

Salí de la habitación dispuesta a empezar un nuevo día e iba bajando las escaleras lentamente cuando escuché la voz de Maksim llamándome desde la planta baja.

—Mila.

Volteé inmediatamente hacia el pasillo que llevaba al despacho y lo vi allí, debajo del umbral, como si hubiera estado aguardando por mí.

Vestía completamente de negro, como siempre. Imponente. Serio. Exactamente con esa presencia peligrosa que hacía que la mayoría de hombres apartaran la mirada cuando él entraba a una habitación.

Pero conmigo su expresión siempre se suavizaba apenas.

—Buenos días —saludó.

Sonreí mientras terminaba de bajar las escaleras.

—Buenos días, Maksimta.

Me acerqué a él y me puse de puntillas para darle un beso en la mejilla.

Él apoyó una mano sobre mi hombro apenas un instante antes de preguntarme:

—¿Cómo estás? ¿Ya te sientes mejor?

Mi corazón dio un pequeño salto nervioso.

Oh, Dios.

¿Y si sí sospechaba algo?

Obligándome a mantener la calma, asentí rápidamente.

—Sí. Mucho mejor.

Estrechó su mirada mientras me observaba durante unos segundos, como si me analizara.

—¿Segura? Anoche te metiste en tu habitación desde temprano.

—Solo estaba un poco cansada, Maksimta. —Me obligué a sonreír—. Pero he dormido como una bebé toda la noche y ya me siento renovada.

Sus ojos de hielo me recorrieron con demasiada atención.

—¿Estás segura?

—Cien por ciento segura.

Y no era una mentira, realmente me sentía mucho mejor que ayer, después de esos masajes que las ávidas manos de los hermanos Ravelli me habían proporcionado.

Finalmente, mi hermano asintió despacio.

—Bien.

Luego añadió:

—¿Tienes un momento para hablar conmigo?

Sentí otra punzada de nervios atravesarme el estómago.

M****a.

«¿Acaso sabe cuál es el motivo de mi cansancio, o mejor dicho, los motivos de mi cansancio?»

—Claro —respondí intentando sonar tranquila.

Maksim hizo un pequeño gesto con la cabeza.

—Ven conmigo al despacho entonces.

Caminé a su lado por el pasillo mientras intentaba no ponerme paranoica.

Tal vez solo quería hablar conmigo de algo normal.

Tal vez Nicolo y Paolo seguían vivos y no enterrados en algún bosque por haber tocado a la hermanita del Pakhan.

Sí. Definitivamente esperaba eso.

Entramos al despacho y Maksim cerró la puerta detrás de nosotros. Me indicó una de las sillas frente al escritorio y ambos tomamos asiento.

Intenté mantener una expresión relajada.

Intenté.

—¿Sobre qué querías hablar conmigo? —pregunté y mi voz se tambaleó un poco.

Solo un poco. Lo suficiente para que Maksim no notara mi nerviosismo. O eso esperaba.

Maksim entrelazó las manos sobre el escritorio y me observó unos segundos antes de responder:

—Sobre tu futuro.

Fruncí el ceño inmediatamente, sin entender con claridad a qué se refería.

—¿Mi futuro?

Él asintió.

—Anoche Alessia y yo estuvimos hablando de ti.

—Cuando llegue el momento, tendrás mi consentimiento para casarte con quien tú elijas.

La emoción me golpeó tan fuerte que me levanté inmediatamente de la silla.

Rodeé el escritorio y prácticamente me lancé sobre él, abrazándolo por el cuello.

—¡Gracias! —exclamé antes de besarle la mejilla varias veces—. Gracias, gracias, gracias.

Maksim soltó una pequeña risa mientras me sostenía apenas por la cintura.

—Ya, ya. Tampoco exageres tanto.

Pero aun así podía notar que estaba satisfecho de verme feliz.

Me separé apenas de él y entonces preguntó:

—¿Ya estás enamorada de alguien o algo así?

Casi me atraganto con mi propia respiración y me aparté rápidamente de él.

—¿Qué? ¡No!

Maksim levantó apenas una ceja.

—¿Segura?

Mi mente mostró inmediatamente las imágenes de dos enormes italianos desnudos sobre mi cama.

Oh, Dios mío.

Esperaba estar roja como un tomate.

—Todavía no —respondí rápidamente.

Maksim me observó unos segundos más, analizándome con esos ojos de hielo que parecían buscar la verdad en mis ojos.

Luego finalmente asintió.

—Bueno. Pero cuando llegue el momento y te enamores de alguien, quiero que me lo presentes.

Tragué saliva.

—¿P-presentártelo?

—Sí —respondió con absoluta tranquilidad—. Quiero conocer al hombre que pretenda casarse contigo y decidir si realmente te merece o no.

Mi corazón empezó a golpear peligrosamente fuerte. Porque una cosa era que mi hermano me diera su consentimiento para que me enamorara de cualquier hombre que yo eligiese, y otra muy distinta era imaginarlo descubriendo que no era un hombre...

Sino dos.

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