~ALESSIA~
Habían pasado varios días desde la muerte de Irina Petrova y aquello empezaba a inquietarme más de lo que quería admitir, porque Leonid Petrov todavía no había hecho ningún movimiento de contraataque.
No había amenazas directas. No había disparos. No había bombas. No había sangre...
Nada.
Solo tensión.
Una tensión espesa y constante que se sentía flotando sobre todos nosotros como una tormenta a punto de estallar.
Los hombres de Maksim seguían reportando automóviles sospechosos rondando los almacenes, las rutas y algunos de los negocios de la Bratva, pero cada vez que intentaban seguirlos o interceptarlos, desaparecían como fantasmas y eso me gustaba todavía menos.
Porque significaba que Leonid estaba pensando antes de atacar. Observando. Midiendo. Esperando el momento exacto para golpearnos.
Esa mañana estábamos desayunando únicamente Maksim, Mila y yo.
Mila hablaba distraídamente sobre algo relacionado con unas compras mientras yo removía lentamente el café dentro de mi taza, pensando demasiado en todo lo que podía salir mal en los próximos días.
Maksim dejó finalmente la taza sobre la mesa y me miró directamente.
—¿Ya terminaste?
Levanté apenas la mirada hacia él.
—Sí.
Se puso de pie inmediatamente.
—Entonces vamos al despacho. Tenemos trabajo que hacer.
Levanté una ceja.
—Artem todavía no ha llegado.
La esquina de su boca se curvó apenas.
—Mejor. Así adelantamos trabajo nosotros solos.
Oh, sí.
Conocía perfectamente ese tono.
Tuve que contener la sonrisa mientras me levantaba también.
—Claro, marito. Muchísimo trabajo importante.
Maksim me lanzó una mirada peligrosa que solo consiguió divertirme más. Mila nos observó por encima de su taza de café y luego negó lentamente con la cabeza.
—Ustedes dos son un desastre.
Me incliné apenas hacia ella para darle un beso en la cabeza.
—Nos vemos luego.
Maksim también se despidió de su hermana y luego me rodeó la cintura para guiarme fuera del comedor.
Apenas entramos al despacho, cerró la puerta detrás de nosotros y prácticamente me atrapó contra ella.
—¿Sabes qué es lo peor de tener una esposa tan provocadora? —murmuró contra mi boca.
Sonreí lentamente.
—¿Qué cosa?
Sus manos subieron por mi cintura hasta mis pechos.
—Que no puedo mantener mis manos y mi polla lejos de ella ni cinco minutos.
Solté una pequeña risa antes de besarlo.
—¿Esto significa que en realidad no vamos a trabajar? —pregunté contra sus labios.
—Yo sí voy a trabajar —murmuró, separándome de la puerta para llevarme al escritorio—. Pero eso no significa que no puedo estar dentro de mi esposa mientras lo hago. Soy un hombre multitarea, moya Koroleva.
El beso se volvió más intenso demasiado rápido, como siempre ocurría con nosotros, pero entonces se separó de mí, dejándome necesitada de más.
Se sentó en su gran silla de cuero café, una silla digna de un rey y que, incluso sentado, lo hacía verse imponente y peligroso, como lo que era: el rey más temido de la ciudad.
La entrepierna me chisporroteó cuando los ojos se le oscurecieron recorriendo lentamente mi cuerpo con la mirada.
—¿Qué quiere que haga por usted, Il mio re? (Mi rey)
Me agarró por la cintura y tiró de mí hacia su regazo, con la espalda fundida contra su pecho.
—Consiente a tu Korol' (rey), moya Koroleva. —Sus labios rozaron el contorno de mi oreja y me estremecí, moviéndome contra su regazo, como ntra su polla ya dura y caliente.
Su brazo me rodeó la cintura, sujetándome con fuerza. Se me escapó un gemido y él soltó una risa mientras me daba una palmadita en el culo con la otra mano.
—Enciende mi computadora y abre mis correos —ordenó.
Intenté centrarme en seguir su orden, pero su mano libre se deslizó por mi vientre hasta tocarme el coño.
Gemí, arqueándome contra su mano para conseguir algo de fricción, algo que aliviara mi ardiente necesidad.
Me dio otra palmadita, pero en el coño.
Solté un chillido y el muy cabrón se rio.
—Concéntrate en el trabajo, moya Koroleva. Hay mucho por hacer y no podemos perder el tiempo.
Tragué con fuerza e hice un gran esfuerzo para poder concentrarme en abrir el correo. Una vez que lo hice, me apartó de su regazo con rapidez, pero manteniendo las manos en mis caderas para mantenerme firme. Luego metió una mano bajo mi falda y me sacó la tanga, llevándola a su cara.
Escuché una respiración y supe que el muy pervertido las estaba olfateando. Después escuché el ruido de una cremallera bajándose y empezó a bajar mis caderas lentamente, hasta posicionarme sobre su erección.
La cabeza de su polla se presionó contra mi entrada y me mordí el labio, esperándolo. Con un movimiento rápido, se introdujo en mí y grité al sentir su estiramiento.
Estaba empapada, pero aún sentía una deliciosa punzada y una sensación de plenitud. Esperaba a que empujara de nuevo, pero se limitó a rodearme la cintura con el brazo y se volvió al ordenador y a los correos, para trabajar como si fuera el hombre más normal del mundo y no un completo enfermo obsesionado conmigo.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
A mi tampoco me deja y tengo saldo...
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
No puedo desbloquear los capítulos y si cuento con saldo, ayuda!!!...