Su nueva cuenta tenía una solicitud de amistad. El avatar y el nombre le resultaban familiares.
Era Felipe.
Josefina lo pensó y dedujo que debió ser Almudena quien le dio su contacto. Haberlo agregado significaba tener a alguien más con quien platicar en ese lugar, lo cual no estaba mal.
Directamente aceptó la solicitud.
Felipe: [Señorita Josefina, soy Felipe. De ahora en adelante, dime con confianza si necesitas algo. Me siento culpable por lo que pasó antes, no me perdono eso, así que no dudes en darme órdenes.]
Un mensaje de texto llegó e inmediatamente reconoció ese tono tan característico.
Josefina esbozó una sonrisa; la irritación en su interior se disipó un poco.
Josefina: [De acuerdo, muchas gracias.]
Felipe: [¡Conmigo no hay de qué! Por cierto, escuché a la señorita Almudena decir que ayer tuviste problemas. ¿Cómo estás? ¿Estás herida?]
Josefina: [Estoy bien, todo está en orden]
Felipe: [Qué bueno. Ya sabes, si necesitas algo me avisas, ¡estaré ahí en cuanto me llames!]
Josefina envió un sticker diciendo OK, y al segundo siguiente, recibió un mensaje de Almudena.
Almudena: [Jose, Felipe me pidió tu contacto y se lo pasé. Si no quieres aceptarlo, solo ignóralo]
Josefina: [Ya lo agregué. De todos modos no nos vamos a ver, platicar un rato por aquí me parece bien]
Almudena: [Sí, al menos así no te sentirás tan sola]
Josefina miró el mensaje, se quedó pensativa un momento, y luego sonrió levemente apretando los labios.
Fue a asearse y bajó las escaleras.
Eduardo ya se había levantado y estaba sentado en el sofá de la sala mirando una tablet.
Al escuchar sus pasos, levantó la mirada y, notando que no tenía muy buen semblante, preguntó: —¿No dormiste bien anoche?
—No. —Josefina asintió—. Apenas cerraba los ojos, veía puras serpientes.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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