Al ver esta escena, la expresión de Eduardo Hurtado se tensó, a punto de perder la compostura.
Sebastián Hurtado, sin embargo, se puso un poco ansioso y dijo con urgencia:
—No digas eso, estoy seguro de que Eduardo te dará una explicación sobre lo que pasó anoche.
Josefina sintió un ligero vuelco en su interior. ¡Vaya! ¿Acaso a este supuesto hermano le funcionaba el numerito de la mosquita muerta?
Con razón Ariadna lo tenía comiendo de la palma de su mano.
Oh...
¿Acaso era incapaz de resistirse a cualquier mujer manipuladora que se le cruzara?
Josefina murmuró para sus adentros: *Hombre tenías que ser.*
Luego, continuó con su actuación. Bajó la mirada y, con voz desamparada y lastimera, dijo:
—Es evidente que alguien en esta familia no quiere que regrese. Apenas llevo un día aquí y ya pasó algo así. Tengo mucho miedo. Si de verdad me quedo, no tendré cómo defenderme. ¿Acaso llegará el día en que cierre los ojos y no vuelva a abrirlos...?
Sebastián de verdad no podía soportar verla así, especialmente porque se parecía tanto a su madre. ¡Verla tan vulnerable y afligida era como ver a su propia madre sufriendo algún maltrato!
Aunque desde pequeño nunca recibió mucho afecto maternal, él la respetaba profundamente y siempre se esforzaba por destacar, con la esperanza de que ella notara sus logros y lo elogiara.
En ese momento, su instinto protector se desbordó por completo.
—¡No tengas miedo, yo te protegeré estos próximos dos días! —Sebastián se golpeó el pecho con seguridad—. Una vez que salgan los resultados y se confirme que eres mi hermana, cualquiera que se atreva a meterse contigo se ganará como enemiga a la rama mayor de la familia Hurtado.
Josefina levantó la mirada hacia él, luciendo compungida:
—¿Y si no lo soy? ¿Me van a matar así sin más?
Sebastián se atragantó con sus palabras y respondió, bastante incómodo:
—No, claro que no. A lo mucho, si fue un error, simplemente te enviaremos de regreso.
—¡Ejem!
Eduardo tosió y dijo con frialdad:
—No existe tal posibilidad. Ella es nuestra hermana.
Sebastián quiso refutarlo, pero al ver el aspecto tan frágil y lastimero de Josefina, sus labios se movieron sin emitir ni una sola palabra.
Por un instante se sintió incómodo, lo pensó un poco y finalmente dijo:
—Ya que Eduardo lo dice con tanta seguridad, con más razón debo protegerte.
—¿Y qué pasará con ella? —preguntó Josefina sin rodeos.

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