Eduardo había estado observando su expresión todo el tiempo, y al ver esa reacción, le dijo con una sonrisa:
—¿Verdad que está delicioso?
—Sí —asintió Josefina—. Siendo objetiva, está muy rico. Es casi idéntico al sabor de la auténtica comida mexicana preparada por nuestros chefs.
Era difícil de imaginar que, estando tan lejos de casa, pudiera disfrutar de una comida mexicana tan auténtica. Se sentía completamente satisfecha.
Eduardo explicó:
—A este chef lo trajimos especialmente de allá para cocinarle a mi madre. Todos estos años se ha negado a probar la comida italiana, detesta su sabor.
Al escuchar esto, las largas pestañas de Josefina temblaron. No esperaba tener gustos tan similares a los de Yolanda.
Tal vez así de fuerte era la genética.
De hecho, tenía muchas similitudes con Yolanda, pero el tiempo había sido tan corto que no había tenido la oportunidad de descubrir más.
Haber dormido mal la noche anterior le había quitado un poco el apetito, pero un desayuno tan sabroso le mejoró bastante el humor.
Después de comer, Eduardo la llevó a la cabaña donde ocurrió lo de la noche anterior.
En ese momento, el lugar estaba rodeado de guardaespaldas. Al verlos llegar, el jefe de seguridad hizo una respetuosa reverencia y les abrió la puerta.
En el transcurso de una sola noche, la cabaña había sido restaurada por completo. Ni siquiera parecía que hubiese sufrido un incendio.
Josefina no pudo evitar sorprenderse por la increíble rapidez con la que trabajaba esa gente.
En la sala, una mujer de largo cabello castaño estaba amarrada, con la boca cubierta con cinta adhesiva. Sus ojos color ámbar los miraron con furia y pánico mientras entraban.
—Ella es Alicia —dijo Eduardo—. Fue ella quien sobornó a los empleados y guardaespaldas de este lugar, y luego ordenó que soltaran las serpientes. Por suerte, eran especies inofensivas.
Josefina ni siquiera se atrevía a recordar la escena de la noche anterior. Aunque no fueran venenosas, la súbita aparición de una enorme plaga de serpientes reptando y retorciéndose en la oscuridad de su habitación le provocaba náuseas con solo pensarlo.
Su rostro palideció, y su mirada hacia Alicia se volvió mucho más fría.
—¿Puedo hacer con ella lo que yo quiera? —preguntó Josefina, fulminando a Alicia con unos ojos tan gélidos como el hielo.
—Por supuesto.

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