—Está bien.
Josefina asintió.
Al salir de la cabaña, caminaron hacia la residencia de Eduardo. En el trayecto, debían pasar por la mansión de la rama mayor de la familia Hurtado. A través de las grietas del muro cubierto de flores, se podía vislumbrar el patio interior.
Cerca de la valla, bajo un arco de enredaderas, se encontraba la silueta de una mujer con un vestido elegante. Tenía los ojos llorosos y no dejaba de observar a Josefina a medida que se acercaba.
—Madre.
Al ver a la mujer junto al muro, Eduardo se sorprendió por un momento, para luego saludarla con respeto.
—Hola —asintió Yolanda, y luego preguntó—: ¿Hacia dónde iban?
La pregunta iba dirigida a Eduardo, pero su mirada permaneció fija en Josefina en todo momento.
El rostro de Josefina no lucía muy bien. ¿Acaso no había descansado la noche anterior?
Debe sentirse muy asustada e insegura al llegar de repente a un lugar tan desconocido, ¿no?
Yolanda sentía un nudo en la garganta. En ese instante, su mayor anhelo era estrechar a Josefina en sus brazos.
Eduardo respondió:
—Josefina dijo que quería dar un paseo, así que la llevé a caminar un rato.
No podía contarle a Yolanda lo que había pasado la noche anterior; con seguridad, su salud no lo resistiría.
Yolanda asintió y dijo:
—Pero te veo un poco pálida. ¿Dormiste mal? ¿O hay algo en la comida a lo que no estés acostumbrada?
Aunque no la miraba directamente a los ojos, Josefina podía imaginarse el brillo de las lágrimas en la mirada de esa mujer. Ese amor ardiente e incontenible que bordeaba el límite, a punto de romper su última barrera de contención.
Josefina sintió una punzada extraña en el pecho.
Cuando era muy pequeña, alguna vez llegó a sentir el amor de sus padres, pero había pasado tanto tiempo que ya ni siquiera recordaba cómo se sentía.
Y ahora, una sensación a la vez extraña y vagamente familiar florecía en su interior, provocándole unas ganas inexplicables de llorar.
Y más que nada, de abrazar a Yolanda y llorar con ella.
Era como si una niña perdida finalmente hubiera encontrado a su madre, como si le hubieran devuelto el dulce que le arrebataron hace tanto tiempo.
Las largas pestañas de Josefina temblaron mientras intentaba reprimir sus emociones.
—Me cuesta un poco adaptarme al llegar de pronto a un lugar desconocido, pero con la comida no tengo ningún problema. De hecho, esta mañana le dije al chef que preparó algo delicioso.
Yolanda asintió con comprensión:


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