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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1121

—¿Acaso no conoces el prestigio de la Universidad de Nublario? —preguntó Ignacio, arqueando una ceja con falsa ofensa.

—Yo sé que la Universidad de Nublario está en el Barrio Oeste, no aquí.

—Ah, es que este es el Campus Este.

Ignacio señaló con el dedo el enorme cartel de la entrada para que Tatiana lo leyera con detenimiento.

—Señorita Gutiérrez, le agradezco infinitamente que me haya recogido anoche y me haya traído hasta acá para salvarme la vida. Un día de estos la invito a comer sin falta para pagarle el favor. —Sin decir más, se dio media vuelta y entró apresuradamente al recinto.

Tatiana miró el letrero. Efectivamente, las letras doradas decían: «Universidad de Nublario, Campus Este».

¡Ese hombre, con su pinta de vividor fiestero, era un respetado profesor universitario!

Tatiana apretó los labios con fuerza. De pronto, sintió un abismo inmenso separándola de Ignacio. Para ella, la escuela siempre había sido una tortura; a duras penas había logrado presentar el examen de admisión y sacó una puntuación tan mediocre que no le alcanzó ni para entrar a una escuela técnica de bajo perfil.

Para cuando Ignacio terminó de impartir todas sus clases, ya era casi mediodía. Salió del edificio principal con la intención de irse directo a su casa, pero una voz suave y familiar lo detuvo en seco.

Al darse la vuelta, su mirada se dulcificó al instante y una sonrisa genuina y cálida iluminó su rostro. Al ver a la mujer cargando una enorme y pesada pila de libros, Ignacio se acercó rápidamente para arrebatárselos de las manos y ayudarla.

—¿Por qué cargas semejante montaña tú sola?

—Les comenté a los alumnos que iba de pasada a la biblioteca a devolver unos textos, y todos aprovecharon para rogarme que les devolviera los suyos también.

Natalia Méndez hablaba con una ternura infinita. Sus ojos brillaban con un afecto puro cada vez que mencionaba a sus estudiantes.

—Como no tienen más clases en la tarde, estaban desesperados por irse rápido a aprovechar el día libre.

Ignacio soltó un bufido de desaprobación.

—Saben que eres demasiado buena gente y no sabes decirles que no. ¡Están abusando de tu nobleza y usándote de mensajera!

—No exageres, no es para tanto.

Ignacio, que originalmente iba con rumbo a la salida para tomar un taxi, cambió su ruta para acompañarla hasta la biblioteca.

—¿Te quedan más horas libres hoy?

—No, ya terminé.

—Entonces, ¿ya te vas a descansar a tu casa?

—No tengo mucha prisa.

Natalia lo miró con cierta pena.

—Siento mucho estar quitándote tu tiempo de descanso. Podía cargarlos yo sola, de verdad.

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