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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1159

Ya entrada la madrugada, el cansancio venció a Samuel y se quedó profundamente dormido en una camilla vacía de la habitación.

Cuando Isabella salió al pasillo a buscar un vaso de agua, vio a Claudio sentado a solas, con la mirada perdida. El terror, la culpa y el dolor lo estaban devorando vivo.

Isabella llenó un vaso con agua fresca y se lo ofreció.

—Me enteré de que Floriana se fue a vivir al pueblo con su hija Carlota, ¿las has visto por allá?

Claudio tomó el vaso, logrando desconectarse un segundo de su tormento.

—Sí, claro que las he visto. Después de que quitaron la fábrica de químicos, el municipio invirtió en turismo. Ahora va mucha gente de visita. Floriana abrió una cafetería en la casa que era de ustedes, y por lo que veo, el negocio le va muy bien. La pequeña Carlota está en la escuelita del pueblo; sigue siendo la misma de siempre, corriendo feliz por todas las calles con los demás niños.

Floriana le había comentado por mensaje sobre la cafetería, e incluso el lugar se había vuelto viral en redes sociales, así que seguramente tenía la casa llena de clientes que iban a tomarse fotos.

—Quiero pedirte una disculpa en nombre de Samuel. Él solo quería proteger a Sofía, pero terminó causando este terrible accidente —dijo Isabella, mirándolo con total sinceridad.

Claudio negó con la cabeza lentamente.

—Ese niño no tiene la culpa de nada, Isabella. Él estaba tratando de salvarla. Siendo honestos, si él no se la hubiera llevado de esa casa, quién sabe qué atrocidad mayor le habría hecho ese animal. Yo soy el que te debe la vida, a ti y a tu hijo. Gracias a ustedes la encontré a tiempo, aunque... —Claudio giró la cabeza hacia la sala de cuidados intensivos y dejó escapar un suspiro que le desgarró el alma—.

—Tengo fe en que Sofía va a salir de esta. Ella sabe que su papá ya está aquí cuidándola.

Isabella le dio unas palmaditas en el hombro.

—Y sé que, en cuanto se recupere, te la llevarás de regreso al pueblo para que sea feliz.

—Te lo juro por mi vida —afirmó Claudio con una determinación inquebrantable.

A la mañana siguiente, el milagro ocurrió: Sofía despertó. Tras la revisión médica exhaustiva, los doctores confirmaron que lo peor había pasado y, por la tarde, la trasladaron a piso.

En el instante en que Samuel vio a Sofía con los ojos abiertos, el escudo de niño fuerte se le rompió en mil pedazos y rompió a llorar.

—Perdóname, Sofi. Perdóname.

Al verlo llorar, a Sofía también se le llenaron los ojitos de lágrimas.

—Samuel, tú trajiste a mi papá. Ahora él me va a cuidar para siempre. Yo soy la que tiene que darte las gracias.

—Te duele mucho, ¿verdad?

Sofía negó con la cabeza, esbozando una sonrisita frágil.

—Me duele un poquito, pero estoy muy feliz.

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