Siguiendo las indicaciones de los aldeanos y la ubicación en el GPS, Leandro e Isabella emprendieron el camino.
Después de la tormenta, el aire en la montaña era puro y revitalizante. Cada bocanada llenaba los pulmones de frescura.
Llegaron al punto exacto donde el día anterior habían visto a Helena a lo lejos. Un sendero angosto y serpenteante se abría paso hacia la montaña vecina.
Caminaron un rato más hasta que, a media ladera, divisaron unas estructuras de concreto.
—Los del pueblo me contaron que hace años unos inversionistas quisieron hacer un resort aquí —explicó Leandro—. Les encantó que fuera un lugar virgen, silencioso y con una vista increíble. Pero apenas levantaron los muros de algunas casas, antes siquiera de ponerles techo, se quedaron sin dinero y desaparecieron. Las casas quedaron ahí, abandonadas.
Las construcciones estaban orientadas hacia el sur. No había muchos árboles alrededor, pero sí una pradera de un verde vibrante.
Con el sol brillante después de la lluvia iluminando las ruinas, el lugar tenía un aire casi de cuento de hadas.
Sin embargo, la magia se desvaneció en cuanto se acercaron. El suelo estaba lleno de escombros, varillas oxidadas y restos de cemento de la obra fallida. Había que caminar con mucho cuidado para no tropezar.
—Nadie en su sano juicio viviría aquí —murmuró Leandro, asomándose al interior de una de las estructuras. El piso estaba lleno de cráteres, había ladrillos tirados por todas partes y el techo inexistente no ofrecía ningún refugio—. Esto es inhabitable.
Isabella miró a su alrededor. El lugar era lúgubre y desolador. Helena tendría que haber perdido la razón para mudarse ahí.
Estaban a punto de darse la vuelta cuando, a lo lejos, vieron a alguien. Era Helena. Pero en el instante en que sus miradas se cruzaron, ella dio media vuelta y corrió a esconderse entre los árboles.
Ambos salieron corriendo tras ella y se adentraron en el bosque, pero la perdieron de vista rápidamente.
—¡Helena! ¡Somos nosotros! ¿Te pasó algo? ¡Sabes que podemos ayudarte! —gritó Isabella hacia la espesura.
—¡Ingeniera Cordero, todos en la oficina están muy preocupados! ¡Venga con nosotros a Nublario! —añadió Leandro a todo pulmón.
Avanzaron entre los árboles, gritando su nombre una y otra vez, hasta que finalmente, detrás del tronco de un árbol enorme, Helena se dejó ver.
Helena se giró dándoles la espalda y dejó escapar un largo suspiro.
—Cuando regresé al pueblo, me di cuenta de cuánto extrañaba esto. El paisaje es hermoso, no hay ruido, no hay estrés, no hay chismes de oficina. Descubrí que esta es la vida que realmente quiero. Por eso, al segundo día de estar aquí, decidí quedarme. Luego mi teléfono se cayó y se hizo pedazos, y la verdad, ni siquiera quise arreglarlo. Pensé que sería más fácil simplemente desaparecer de sus vidas... Jamás imaginé que vendrían hasta acá a buscarme.
Isabella soltó el aire que llevaba contenido.
—O sea que no estás en peligro. Solo querías renunciar y quedarte en tu pueblo, ¿es eso?
—Sí.
—Helena, no tenías por qué esconderte. Por supuesto que respetamos tu decisión.
—Es que, cuando estuve en mi peor momento, ustedes me dieron trabajo, me ayudaron muchísimo. Sentí que renunciar así de la nada era una traición, me sentía terrible.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...