Entrar Via

La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1165

Al ver que Helena estaba a salvo, Isabella por fin sintió que le volvía el alma al cuerpo. Aunque le dolía perder a alguien tan talentosa en la empresa, respetaba su decisión de quedarse en el campo.

—Fuimos a tu casa en el pueblo. Como vimos que te habías ido a las prisas y encontramos tu teléfono destrozado... —Isabella sacó el celular roto de su bolso y se lo devolvió—, nos asustamos muchísimo. Pensamos que alguien te había hecho daño.

Justo en ese momento, se escuchó un débil maullido. Isabella miró hacia el pasto y vio a un pequeño gato atigrado, de unos dos o tres meses, cojeando torpemente. Tenía una de las patitas lastimadas.

—Le puse Cálido —dijo Helena con una sonrisa tierna—. Lo encontré aquí mismo la primera vez que subí. Estaba herido, así que le vendé la patita y desde entonces vengo seguido a darle de comer. La noche que empezó a llover tan fuerte, me dio miedo que muriera de frío, por eso agarré una caja y unas cobijas y salí corriendo a buscarlo. Por eso dejé la casa echa un desastre.

—¿Y desde entonces no has vuelto a bajar al pueblo?

—No. La vista desde aquí me da mucha paz.

—Pero, ¿dónde estás durmiendo?

Helena señaló la estructura más alta de la colina.

—Ahí. En esa de arriba.

Los guio hasta el lugar. Era la única de las construcciones abandonadas que sí tenía techo de cemento. Aunque no tenía acabados ni pintura, al menos servía para resguardarse de la lluvia.

El interior era amplio y tenía muebles rústicos. Por el nivel de desgaste, era evidente que alguien más los había estado usando tiempo atrás.

Isabella no le dio mucha importancia a los muebles. Su atención fue capturada por la vista exterior, y sus ojos se iluminaron de asombro. A lo lejos, las montañas se entrelazaban en tonos verdes bajo un mar de nubes bajas; muy cerca, el pasto vibrante estaba salpicado de flores silvestres. En ese instante, el tiempo pareció detenerse. Era como estar dentro de una pintura magistral.

Con razón Helena no quería irse. El lugar era un paraíso.

—Tomen asiento. Voy a prepararles un té —dijo Helena.

Salió hacia un cobertizo improvisado que había construido afuera, el cual usaba como cocina.

Leandro dudó un segundo, pero decidió seguirla.

—Ingeniera Cordero, ¿es definitivo? ¿De verdad no volverá a Nublario?

La mano de Helena tembló ligeramente al sostener la tetera, pero asintió sin mirarlo.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido