Isabella la ayudó a sentarse en el sofá y le pidió a una de las empleadas que le trajera un vaso con agua fresca.
—Ese irresponsable de Víctor... llegó de la nada con el niño, lo dejó aquí sin dar explicaciones y desapareció. Hasta ahora no hemos podido comunicarnos con él. Su padre armó un escándalo terrible y quería mandar al niño lejos; tuve que rogarle para que nos dejara quedárnoslo. Pero este niño se la pasa con la mirada perdida y asustado todo el tiempo. Te juro que me da coraje solo de verlo —se desahogó Belén, incapaz de contener su frustración.
—Víctor asegura que el niño es suyo, ¿pero qué hay de la madre?
—Dijo que ya falleció. Aunque viniendo de él, a saber si es verdad o mentira.
—¿Entonces... le han hecho alguna prueba de ADN?
—Ni falta que hace —suspiró Belén—. Es la viva imagen de él cuando era niño.
Isabella asintió; ella también había notado el increíble parecido.
—¿Y dónde está él ahora? ¿A dónde se fue?
—No tengo idea. Su teléfono manda a buzón, y en su departamento no hay nadie.
Isabella soltó el aire retenido.
—Desaparece al primer problema... sigue siendo tan cobarde e irresponsable como siempre.
En los últimos días, los dos niños se habían quedado a dormir en la mansión familiar, precisamente porque Enzo era demasiado miedoso. Le aterraba todo el mundo, con la única excepción de Samuel. La noche anterior, cuando Jairo fue a recoger a su hijo, el niño se aferró a la ropa de Samuel con tanta fuerza que parecía a punto de soltarse a llorar si se iba. Era una escena que partía el corazón.
Como Samuel se negó a dejarlo, tampoco dejó ir a Lucas, así que los dos terminaron durmiendo allí.
Afortunadamente, la casa estaba llena de personal de servicio, por lo que no suponían una carga extra para Belén.
El problema no eran Lucas y Samuel, sino el propio Enzo. No solo era asustadizo, sino que tenía un estómago sumamente delicado, se enfermaba constantemente y seguía sin emitir palabra. Esto tenía a Belén con los nervios de punta. Al ser una madre mayor, su recuperación posparto era lenta, y con todo este drama, ya sentía que estaba cayendo en depresión.
Isabella se quedó un rato conversando con Belén para calmarla. Cenó en la mansión y luego habló seriamente con Leonardo, el tío de su esposo, pidiéndole que bajara un poco su temperamento y le diera al niño tiempo para adaptarse.
Por la noche, cuando llegó la hora de irse, Enzo seguía pegado como una sombra a la espalda de Samuel.
Samuel tenía muchas ganas de irse a casa con Isabella, pero al ver a Enzo en ese estado, decidió quedarse una vez más.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...