Ver a Federico, que jamás comía apio, terminarse el plato que Jimena le había dejado hizo que la sonrisa de la señora Núñez se ampliara. Al parecer, sus preocupaciones eran innecesarias. Jimena era una mujer lista; sabía cómo domesticar a su hijo descarriado.
Cuando Federico terminó, dejó el tenedor, se limpió la boca con una servilleta y preguntó:
—¿Mañana también traes comida?
—Mañana no. Tengo que asistir a una gala benéfica. ¿Quieres ir?
Federico soltó un «ah» desinteresado.
—No, gracias.
Rechazó la oferta de inmediato.
La señora Núñez asintió, se levantó de la silla y dijo:
—Entonces resuelve tu propia comida.
La mirada de Federico se posó en la empleada detrás de su madre.
—Puedes decirle al chef de la casa que prepare algo y que Yolanda lo traiga directo a la oficina de la señorita Jimena. Luego me avisan para ir a comer con ella.
La señora Núñez entendió perfectamente la jugada de Federico.
—Jimena tampoco comerá en la oficina mañana. Irá conmigo al Hotel Palacio Rivera para la gala. Planeo llevarla temprano para presentarle a algunas señoras.
—Así que mañana arréglatelas tú solo.
Dicho esto, la señora Núñez salió de la oficina. Federico, sentado en su silla, quiso decir algo, pero su madre ya se había alejado. La empleada recogió la mesa y también se retiró.
Federico se quedó pensativo. Cuando la puerta se cerró, sacó su celular e hizo una llamada.
—¿Quién organiza la gala benéfica de mañana en el Hotel Palacio Rivera?
—Ni idea, no he estado al pendiente —respondió Moisés—. ¿Por qué? ¿Te gustó alguna antigüedad? Yo muevo unas palancas y hago que te la manden directo a la casa.
Federico subió los pies al escritorio y se balanceó tranquilamente.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Traición en Vísperas de la Boda
Me gustaría saber cuántos capítulos faltan y cuando los publicará...