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La Traición en Vísperas de la Boda romance Capítulo 1224

Federico Núñez miró de reojo a Regina Serrano sin decir una sola palabra.

Regina lo observó con el rostro bañado en lágrimas.

—Federico, por el tiempo que llevamos de conocernos... deja en paz a Alonso Serrano, ¿sí?

De por sí, ella tenía que vivir cuidando sus pasos bajo la sombra de su padre en la familia Serrano. Y su padre, a su vez, dependía por completo de las influencias del padre de Alonso para poder mantener su estatus.

Si algo le pasaba a Alonso, ella sería una completa humillación en la familia y no podría ni siquiera dar la cara.

Jimena Calvo se masajeó las sienes al escucharla llorar tan desconsoladamente y sugirió con un tono de voz inalterable:

—¿Qué les parece si van a hablar de esto afuera?

Los sollozos de Regina estaban afectando seriamente su estado de ánimo.

El llanto se detuvo por un instante. Regina se mordió el labio inferior con fuerza, clavó la mirada en Jimena y murmuró:

—Señorita Calvo, tu vida siempre ha sido color de rosa, es obvio que no entiendes el sufrimiento de personas como yo. No te pido compasión, solo te ruego que...

Jimena la interrumpió con total frialdad.

—Lo siento mucho, señorita Serrano, pero no tiene que rogarme. Cuando se trata de trabajo, no tengo ni una gota de compasión.

—Cada quien cosecha lo que siembra.

—Por favor, salgan.

Utilizó el plural de manera deliberada, así que al pedirle a Regina que se fuera, aprovechó para echar también a Federico.

La mirada de Federico se ensombreció. Posó sus ojos sobre Regina y soltó con indiferencia:

—¿No escuchaste? Te pidieron que salgas.

Regina se mordió el labio, renuente a marcharse así sin más. Devolvió la mirada hacia Federico, pero él se apresuró a decirle con frialdad:

—La junta directiva ya ha dejado todo este asunto bajo la entera responsabilidad de la señorita Calvo.

—Cualquier decisión de la señorita Calvo representa mi decisión.

Jimena levantó la vista para seguirla con la mirada hasta que desapareció. Luego, colgó el auricular, tomó el expediente que tenía sobre el escritorio y retomó su lectura.

—Señor Núñez, si no tiene nada más que hacer, usted también puede retirarse.

Federico arqueó una ceja al verla tan impasible y le recordó:

—¿Ya revisó la invitación de la familia Velasco para ir al club ecuestre?

Al escucharlo, Jimena levantó el rostro, con un atisbo de confusión en los ojos.

La familia Velasco, Eliana, el rancho de caballos.

Fue entonces cuando Jimena se acordó del asunto. Había estado tan absorta gestionando los problemas de la sucursal que la invitación de Eliana para ir a montar a caballo se le había borrado por completo de la mente.

—Por lo visto, la señorita Calvo lo había olvidado.

—Sí —asintió Jimena con naturalidad, admitiendo su olvido sin ningún reparo.

Federico esbozó una sonrisa, clavando la mirada en aquel rostro impecable y hermoso.

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