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La Traición en Vísperas de la Boda romance Capítulo 1290

A Jimena no le sorprendió demasiado que Federico la defendiera.

Él siempre había sido un hombre leal y protector con los suyos.

Y como Octavio nada más estaba buscando pleito de a gratis,

era lógico que él saltara a ponerlo en su lugar.

Con total tranquilidad, Jimena caminó hasta su escritorio y tomó asiento.

Al ver esa actitud, Octavio reprimió su coraje y se dirigió a Federico con voz grave:

—La cena de esta noche es crucial. Me costó muchísimo conseguir que los altos directivos aceptaran la invitación, así que, si estás ocupado, vas a tener que hacer un espacio.

—Federico, te estoy preparando el terreno. El Grupo Núñez bajo ninguna circunstancia puede caer en manos de intrusos.

Al pronunciar la palabra «intrusos», Octavio clavó su mirada en Jimena, con los ojos cargados de resentimiento.

Jimena levantó la vista y se topó de frente con ese odio, pero le sostuvo la mirada sin titubear.

Sabía perfectamente por qué el hombre no la soportaba.

La señora Núñez le había platicado que Octavio llevaba años babeando por el puesto de director ejecutivo.

Hace no mucho, en la empresa todos daban por hecho que ese asiento ya tenía su nombre grabado.

Pero la llegada repentina de Jimena al puesto le arruinó todos sus planes.

La realidad era que la señora Núñez jamás iba a permitir que alguien como él llegara a la alta dirección.

Y como no tenía las agallas para enfrentarse a la señora Núñez, se desquitaba con Jimena, convenciéndose a sí mismo de que ella le había robado su lugar.

A Federico no le hizo ni pisca de gracia la hostilidad de su tío y le respondió con frialdad:

—Tío...

—¿A quién te refieres exactamente con «intrusos»?

Octavio captó la advertencia en los ojos de su sobrino. Se quedó callado un segundo y decidió no seguir provocando a Jimena. Solo murmuró:

—Te veo en el restaurante a las seis en punto.

—Te espero allá abajo.

Dicho esto, dio media vuelta y salió de la oficina de Jimena.

Su posición en el Grupo Núñez era bastante patética: estaba estancado en un mando medio, sin poder subir, pero sin que lo corrieran.

Era de esperarse que anduviera todo amargado por la vida.

Apenas habían pasado unos minutos desde que Octavio salió, cuando su asistente tocó a la puerta.

—Director Federico, el señor Octavio ya lo está esperando abajo. Le pide que baje en cuanto pueda.

Federico frunció el ceño y respondió secamente:

—Ya voy.

Jimena bajó la mirada y se puso a acomodar los papeles de su escritorio.

Él se despidió rápidamente, esperó a que ella asintiera y salió del despacho.

Una vez que dejó todo en orden, Jimena por fin se levantó y salió de la oficina.

Para cuando bajó, el carro en el que iba Federico con su tío ya se había ido.

Jimena salió del edificio. Levantó la vista, vio que su chofer ya estaba estacionado enfrente y aceleró el paso hacia allá.

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