«La séptima, ¿vete de aquí?»
¿La séptima?
Excepto su círculo íntimo, ¿quién más sabía que era la séptima hermana?
«Vete, vete, vete...»
El hombre enrojeció por el esfuerzo, abriendo los ojos desmesuradamente mientras le hacía señas desesperadas.
Aldana lo observó fijamente, recordando de pronto que, en su primer encuentro, él había confundido un "2" con un "7".
Tal vez.
Desde el principio, lo había dicho mal a propósito.
—¿Quién eres?
Aldana se inclinó aún más, fingiendo revisarlo, y movió los labios sin emitir sonido.
Cornelio la miró, con los ojos nublados por las lágrimas, y articuló lentamente:
«Salva a mamá.»
«Salva a la quinta.»
¿Mamá?
¿La quinta?
Aldana se quedó paralizada por unos segundos. La tensión acumulada en su mente se rompió de golpe.
Asustada, retrocedió un par de pasos, con la respiración agitada.
—¿Estás bien?
Rogelio se alarmó, la sostuvo de inmediato y le preguntó con genuina preocupación.
—No es nada.
Aldana negó con la cabeza, ajustando su expresión rápidamente y dijo en voz alta: —Me flaquearon las piernas.
Rogelio la examinó detenidamente y no notó nada extraño en su rostro.
Los guardias que vigilaban por las cámaras tampoco sospecharon nada.
Aldana preparó otra dosis, volvió a acercarse a la cama y movió los labios dos veces.
La primera vez: «¿Eres mi papá?»
Cornelio parpadeó y asintió levemente.
Aldana sintió un nudo en el pecho, como si le hubieran puesto una roca de mil kilos encima.
En aquella habitación sofocante, sentía que no podía respirar.
La segunda vez: «¿La que está encerrada al lado es mi mamá?»
Al mencionar a Sania, Cornelio cerró los ojos lentamente y las lágrimas rodaron por sus mejillas.
La respuesta era más que evidente.
Aldana se quedó helada.
Con razón...
Cuando vio su foto sintió que lo conocía.
Leonardo le había dicho.
Que de pequeña era la más traviesa y la que más regaños se llevaba de papá.
Al pasar frente a la habitación donde tenían encerrada a Sania, el estruendo de golpes contra la puerta de metal rompió el silencio.
Al escuchar el alboroto, Aldana detuvo sus pasos por instinto.
Antes de que el guardia pudiera decir algo, habló con un nudo en la garganta: —Tu esposo está bien, ya puede diferenciar entre un 2 y un 7.
¿Qué?
Los golpes de Sania cesaron de golpe y su mente quedó en blanco.
¿Diferenciar entre un 2 y un 7?
La última vez que lo vio, Cornelio le había confesado que confundió el 2 con el 7 a propósito.
Con la esperanza de que ella lograra reconocerlo.
Pues en su segundo encuentro, sintió que la niña no se había dado cuenta de quién era.
Creía que nunca más volverían a verse.
Y, sin embargo, la séptima había vuelto.
Y no solo eso, le había dejado un mensaje en clave.
¿Acaso ya había reconocido a Cornelio?
¿O simplemente le estaba hablando de los números de sus dedos?
—Para ponerlo a prueba, le mostré un 5 y un 7, y adivinó ambos.
Antes de que Sania pudiera asimilarlo, la voz de Aldana volvió a resonar:
—Eso demuestra que su cuerpo se está recuperando. Su regreso a la normalidad es solo cuestión de tiempo.

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