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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1681

—De acuerdo.

Héctor lo guardó con alegría y se sentó frente a ella, observando cómo tomaba el caldo en pequeños sorbos. Su corazón se llenó de una cálida satisfacción.

—¿Está rico? —preguntó él.

Gilda quiso mentir y decirle que no, pero nunca había sido buena para engañar a los demás. Las palabras simplemente se quedaron atoradas en su garganta.

—Si te gusta, la próxima vez te prepararé más, ¿te parece? —insistió Héctor, aprovechando la oportunidad.

—No hace falta. —Gilda comía rápido. Al terminar, dejó el plato en la mesa y se puso de pie—. Héctor, tu madre vino a buscarme específicamente porque se enteró de que te gusta una de las chicas de nuestro estudio.

»Así que este asunto será mejor que lo arregles directamente con ella.

—Esto no tiene nada que ver con ella —respondió Héctor, frunciendo el ceño—. Y te aseguro que no volverá a molestarte.

»Además...

Héctor hizo una pausa, clavando su mirada intensamente en Gilda. Su voz se volvió ronca:

—¿No tienes curiosidad por saber quién es la chica que me gusta?

—¿Por qué habría de tenerla?

Gilda sintió como si algo le oprimiera el pecho. Aunque trataba de convencerse a sí misma de que no le importaba, no podía evitar que su mente diera mil vueltas.

—Sin importar quién sea, no es asunto mío —continuó Gilda, con un tono cada vez más frío—. Pero te daré un consejo: ya que amas a esa persona, sé un hombre fiel y quédate solo con ella.

»No quieras jugar a dos puntas, no arruines los corazones de dos mujeres al mismo tiempo.

—¿Cuándo he jugado yo a...? —Héctor intentó explicarse, pero de pronto algo hizo clic en su cabeza. Sonrió levemente y dijo—: ¿Te refieres a la vez que me viste comiendo con esa chica en el restaurante?

Gilda apretó los labios y no dijo nada.

—Es cierto que me vi con ella, pero no era una cita. Fui para dejar las cosas claras —explicó Héctor con paciencia—. Le dije que ya había alguien que me gustaba, que no iba a aceptar los matrimonios arreglados por mi familia y que no debíamos volver a vernos.

Gilda lo miró de nuevo y no encontró ni el menor rastro de mentira en su rostro.

Probablemente era verdad.

—Soy un buen tipo, no hago esas porquerías —Héctor dio un paso hacia ella, con una mirada cargada de devoción—. A mí solo me gusta una persona.

Gilda se sintió abrumada por la intensidad de sus ojos y, por instinto, apartó el rostro.

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