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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1682

Ambos hombres se miraron fijamente. Uno con una sonrisa amable, y el otro con una sonrisa que escondía dagas.

—Eh... —Dalia se rascó la nariz y se acercó a ellos con una sonrisa educada—. Señor Solórzano, señorito Héctor, ¿por qué no toman asiento un momento? ¡La entrenadora Gilda aún no ha llegado!

—De acuerdo.

Máximo asintió y caminó hacia los sofás para sentarse.

Héctor lo siguió y se sentó justo al lado de Máximo.

Cuatro ojos se clavaron intensamente en la entrada del área de entrenamiento.

Dalia sacó unas palomitas imaginarias, lista para el espectáculo.

Poco después.

Se escucharon pasos ligeros en la entrada y la figura de Gilda apareció.

—¡Entrenadora Gilda! —Dalia saltó hacia ella y le recibió el bolso—. La zona de entrenamiento ya está lista, podemos empezar cuando guste.

—Gracias por tu esfuerzo. —Gilda le dedicó una suave sonrisa, pero su expresión se congeló en cuanto su mirada recayó en el rostro de Héctor.

Su mirada se desvió un poco más y vio a Máximo.

Su rostro se volvió completamente gélido.

—Los dos querían estar en tu grupo —susurró Dalia—. Como los otros entrenadores ya están ocupados con los demás miembros, no tuvimos más remedio que...

Gilda lo pensó un momento. Máximo había traído a muchas chicas con él.

Los entrenadores eran limitados.

Distribuirlos realmente era un problema.

«Está bien. Al menos tendré a este par de insoportables juntos en mi clase. Con suerte, renunciarán para mañana», pensó.

—¿Quién va primero?

Gilda sacó una liga para atar su cabello largo, ajustó la bota de sus pantalones cargo y metió su camiseta por dentro del cinturón.

Todos sus movimientos fueron fluidos y sumamente atractivos.

—Yo voy primero.

Mientras Héctor aún estaba babeando embelesado por ella, Máximo ya había dado un paso al frente con una sonrisa seductora.

Héctor no tuvo más remedio que volver a sentarse, lanzándole una mirada furiosa a Máximo.

—Si van a pelear, váyanse afuera.

—Nadie está peleando —Héctor se levantó perezosamente, caminó hacia Gilda y le mostró una sonrisa deslumbrante—. Entrenadora Gilda, ¿ya podemos empezar?

Gilda lo fulminó con la mirada. Al verlo sonreír con esa expresión tan cínica, tuvo el impulso de darle una patada.

Y no solo lo pensó, lo hizo.

Pero para su sorpresa, ese desgraciado tenía muy buenos reflejos y logró esquivarla.

—Entrenadora Gilda, estos seis meses que he estado en el estudio no he venido a perder el tiempo —Héctor sonrió, luciendo muy orgulloso—. ¿Qué tal? Soy mucho mejor que alguien con problemas de hombría, ¿no?

Máximo apretó los dientes: «¿Acaso este tipo no sabe hablar como una persona normal?»

Dalia casi se ahoga de la risa en una esquina: «¡Qué lengua tan afilada tiene el señorito Héctor! ¡Pobre señor Solórzano, jajajaja!»

Gilda frunció el ceño con disgusto.

—Deja de decir tantas tonterías y estupideces.

—Señor Solórzano, ¿escuchó eso? —Héctor estiró el cuello y dijo a propósito—: La entrenadora Gilda acaba de llamarlo una tontería y una estupidez.

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