Gilda: ¿?
«¿En qué momento dije eso?», pensó.
Máximo: ...
—¡Héctor! —El rostro de Gilda se volvía cada vez más oscuro—. ¿Vas a entrenar o no?
—¡Sí, sí, sí!
Satisfecho por haber ganado la discusión, Héctor no se atrevió a decir una palabra más. Dio dos pasos hacia atrás y adoptó una postura de combate:
—Entrenadora Gilda, muéstreme lo que tiene.
Había que admitirlo.
Héctor tenía una capacidad de aprendizaje increíble. Con solo seis meses de entrenamiento, ya era capaz de bloquear muchos de sus ataques.
Si continuaba entrenando así, seguramente lograría mucho en el futuro.
En el futuro...
Probablemente, una vez que consiguiera novia, nunca más volvería a pisar el estudio.
Al pensar en esto, la mente de Gilda se nubló por un momento y perdió la concentración.
Cuando Héctor contraatacó, ella no logró reaccionar a tiempo.
¡Pum!
Héctor la empujó por el hombro, haciéndola retroceder un par de pasos, directo hacia un poste metálico.
—Cuidado —El rostro de Héctor cambió y, por instinto, estiró la mano para atraparla.
Gilda se quedó perpleja.
¿Salvarla a ella?
¿Acaso olvidaba cuál era su antigua profesión? ¡Como si necesitara que alguien la rescatara!
Gilda giró hacia un lado, lo que provocó que Héctor agarrara aire.
—¡Ah! —Gritó él al no poder frenar. Estaba a punto de estrellarse contra la esquina de una mesa.
—¡Señorito Héctor! —gritó Dalia, aterrada.
Gilda frunció el ceño. Sin siquiera haberse estabilizado del todo, se lanzó hacia adelante para salvarlo.
Ambos perdieron el control de sus cuerpos y cayeron al suelo al mismo tiempo.
Héctor quedó abajo y ella arriba.
El golpe dejó a Gilda aturdida. Tardó un par de segundos en procesar lo que había pasado.
Al levantar la mirada, se encontró de frente con el rostro de Héctor.
Esa cara limpia y atractiva estaba increíblemente cerca. Bajo sus largas pestañas, había unos ojos oscuros y profundos.
Había que reconocerlo.
Era un hombre sumamente guapo. Tenía unos párpados ligeramente caídos, pero con los extremos de los ojos apuntando hacia arriba, dándole un aire felino.
Con solo curvar un poco los labios, sus ojos brillaban de una manera deslumbrante.
Era un hombre hermoso.
—Quita tu mano.
—Oh.
Héctor retiró obedientemente la mano que había posado en su cintura.
Gilda se levantó de golpe, con un destello de pánico en el rostro. Tratando de disimular, dijo torpemente:
—Mediocre. Si estuvieras en un campo de batalla, habrías muerto en el primer segundo.
—Lo siento —Héctor también se sintió algo avergonzado. Se rascó la cabeza y sintió que las mejillas le ardían—. Entonces... ¿continuamos?
—Cambio. —Gilda ni siquiera miró a Héctor. Se volvió hacia Máximo—. Es tu turno.
—¿Yo?
Máximo acababa de regresar del baño y no tenía idea de lo que había pasado.
Al ver a Gilda apuntándolo, recordó la paliza de hace un rato y sintió que el alma se le salía del cuerpo.
Aún no había descansado lo suficiente.
Pero con tal de conquistar a la chica, estaba dispuesto a aguantar.
—De acuerdo.
Máximo arrastró las piernas y se adelantó, forzando una sonrisa.
Pero poco después...
Su sonrisa desaparecería por completo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector