—En mi opinión, es un buen hombre con el que vale la pena compartir la vida.
Gilda escuchaba en silencio. Al oírla deshacerse en tantos halagos, no pudo evitar reírse:
—¿Acaso Héctor te está pagando un sueldo extra? ¡Me parece que lo estás alabando demasiado!
—¡Te lo digo de corazón! —respondió Dalia, con cara de sufrimiento cómico—. ¡Que el cielo sea mi testigo, Gilda!
—Está bien, está bien.
Gilda le dio unas palmaditas en el hombro y murmuró:
—Ve a seguir con tu trabajo. Voy a recostarme un rato en la oficina.
—Gilda, ¿qué pasa? ¿Te sientes mal?
—Sí —asintió Gilda, con el rostro algo pálido—. Son mis cólicos menstruales.
—Entonces ve a descansar de inmediato —Dalia se apresuró a tomar las cosas de las manos de Gilda—. Déjame el resto a mí.
Gilda asintió:
—Gracias.
***
Héctor regresó de la asociación de carreras.
Dio un vistazo por todo el vestíbulo, pero no vio a Gilda por ninguna parte.
—Dalia, ¿dónde está Gilda? —Héctor sostenía dos vasos de café y le entregó uno a su pequeña cómplice.
—¡Cuñado!
Dalia se puso firme al instante, señaló hacia la oficina y frunció el ceño:
—Parece que Gilda no se siente muy bien.
—¿Qué le duele? —Héctor frunció el ceño y dio un paso para ir hacia la oficina.
—Cuñado.
Dalia lo detuvo rápidamente y le entregó una taza con té de panela recién preparado.
—Son cosas de mujeres. Haz que se tome esto, le ayudará a calentar el estómago y a calmar el dolor.
Héctor se quedó paralizado un par de segundos hasta que comprendió de qué se trataba.
—Gracias.
—De nada —Dalia agitó su café con una sonrisa inocente—. Oye, cuñado, no me gusta la leche entera. ¿La próxima vez puedes pedirlo con leche de almendras?
—¡Claro que sí, no hay problema!
Héctor negó con la cabeza, sonriendo con resignación. Qué niña tan golosa.
***
En la oficina.

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