Apoyado contra la pared, Héctor bajó la mirada para observar a la chica que lo estaba besando.
Algo no cuadraba.
Seguramente la lluvia y la fiebre alta le estaban provocando alucinaciones.
Héctor deslizó su mano hacia su propio muslo y se dio un buen pellizco.
Maldita sea.
Sí dolía.
Era real.
—Gilda...
Al reaccionar, Héctor levantó lentamente las manos, las posó en la cintura de Gilda y, poco a poco, fue tomando el control de la situación.
Intentó darle un roce suave; luego levantó un poco las pestañas y clavó sus ojos insondables en ella.
Gilda también lo miraba; por primera vez, sus ojos reflejaban una asombrosa lucidez.
No era un impulso.
Las comisuras de los labios de Héctor se elevaron, se inclinó de nuevo y profundizó el beso.
Pero, la verdad sea dicha, él tampoco tenía experiencia.
Sumado a su ansiedad, sus dientes chocaron accidentalmente contra los labios de Gilda.
Cuando ella intentó apartarse, terminó golpeando la barbilla de él.
—¡Ay!
—¡Ay!
Ambos retrocedieron al mismo tiempo, con un rubor encendido en las mejillas y una expresión de clara vergüenza.
Unos segundos después...
Héctor se rascó la cabeza y se disculpó en voz baja:
—Perdón, me falta experiencia.
Gilda se quedó tan bloqueada por el comentario que apenas pudo reaccionar. Solo sentía que el rostro le ardía cada vez más.
Apartó la mirada, nerviosa, le dio la espalda a Héctor y murmuró:
—Límpiate bien antes de salir.
—De acuerdo.
Héctor asintió. Cuando Gilda se marchó, se tocó los labios.
«Con que así es como se siente», pensó.
***
Después de bañarse...
Héctor, con un botiquín de primeros auxilios en la mano, tocó la puerta de la habitación de Gilda.

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