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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1727

—No digas...

Gilda abrió la boca, pero las palabras se le ahogaron en la garganta.

Si hace un rato todo había sido producto del impulso, ahora ambos estaban completamente lúcidos.

El latido acelerado en su interior era aún más fuerte que antes.

Ella no tenía experiencia, y Héctor tampoco.

Él actuaba como si ella fuera un tesoro invaluable, pero al mismo tiempo extremadamente frágil, al cual debía explorar y aprender a conocer con sumo cuidado.

***

Al volver a abrir los ojos.

Ya había amanecido.

Gilda giró la cabeza y, al ver al hombre durmiendo plácidamente a su lado, frunció levemente el ceño.

La noche anterior, cuando terminó el beso, él dijo que se sentía mareado, que no recordaba cómo llegar a su habitación y que necesitaba descansar un momento.

Luego, ella se quedó dormida.

Y él también.

Al despertar, esta era la escena que la recibió.

Gilda se destapó y salió al balcón a respirar aire fresco.

Poco después.

Alguien se acercó por detrás y la abrazó por la cintura.

Gilda le lanzó una mirada de reojo y lo empujó un poco.

—Suéltame.

¿Por qué la abrazaba tan fuerte?

—Hoy no podré ir a cocinarte al estudio —dijo Héctor sin soltarla, aflojando solo un poco su agarre—. Hubo un imprevisto en la empresa y tengo que ir a resolverlo.

Tras regresar del extranjero, Héctor había usado el pequeño capital que ganó con inversiones durante sus estudios para fundar Drones Centinela.

La compañía estaba en su fase inicial; aunque las ganancias aún no eran muchas, el potencial era inmenso.

—Ve, ocúpate de lo tuyo —comprendió Gilda. Luego sacó una tarjeta de débito de su bolso y se la entregó.

—¿Y esto qué es? ¡De verdad me vas a mantener!

Héctor tomó la tarjeta, la sopesó en la mano y preguntó con una sonrisa burlona:

—A ver, déjame adivinar cuánto dinero hay aquí.

Gilda no dijo nada. Se la entregó, se dio la vuelta y se disponía a marcharse.

—¡Oye!

Héctor la detuvo, le devolvió la tarjeta y le dijo con expresión seria:

—Tu novio no es un inútil. Aunque me haya alejado de la familia Lucero, puedo ganar mi propio dinero para mantenerme.

—Y en el futuro, el dinero que gane te lo daré para que tú lo administres.

—Jefa, buenos días —saludó Dalia, quien estaba preparando los equipos. Al alzar la vista y ver su rostro, se asustó—: Jefa, ¿qué le pasó en la boca?

—Ah.

Gilda se sintió un poco avergonzada y su tono delató cierta culpa.

—Iba caminando sin cuidado y choqué contra el marco de una puerta.

—¿Ah, sí?

Dalia, obviamente, no le creyó. Siendo la entrenadora Gilda una ex militar que se movía en la oscuridad como si fuera de día, ¿cómo iba a chocar contra una puerta?

Además, miró la parte posterior de su cuello.

Vaya.

Qué marca tan roja y grande.

Aunque nunca lo hubiera experimentado, al menos lo había visto en las películas, ¿no?

Dalia, que era fanática nivel experto de las telenovelas románticas, reconoció de inmediato que se trataba de un chupetón.

Entonces.

Esa herida en los labios de su jefa... ¿no sería una mordida de Héctor?

¡Aaah!

¡Qué rápido iba todo, qué romántico!

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