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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1755

Aunque Héctor era su «jefe» en secreto, Gilda era la que mandaba en esa casa.

Dalia sabía perfectamente quién era su verdadera lealtad.

—Sí hubo algo... —Dalia logró calmarse—. Fue la tal Señorita Valeriano. Ya había venido disfrazada a causarle problemas a Gilda antes.

—Hoy se la topó en la cafetería y ella fue a provocarla.

—Le habló con sarcasmo y fue muy hiriente. Aunque Gilda le contestó y la puso en su lugar, de todas formas le afectó el ánimo.

—¿Solo eso? —cuestionó Héctor con voz sombría.

—¿Le parece poco?

Dalia subió el tono, intentando mantener la cordura.

—Es la primera vez que veo a Gilda tan molesta.

Antes, nadie jamás se había atrevido a hacerle pasar un mal rato.

Aunque gran parte de lo que decía era exagerado, la rabia que sentía Dalia por defender a Gilda era cien por ciento real.

—Por favor, te pido que la cuides bien. —Héctor frunció el ceño y suspiró con preocupación—. Cuando vuelva, me encargaré de solucionar todo esto de raíz.

—Pierda cuidado, Héctor —murmuró Dalia.

El detalle era que...

No había necesidad de esperar a que él volviera. Gilda podía encargarse solita.

¿Hombres?

¡No le hacían ninguna falta!

¡Era el ejemplo de una mujer empoderada!

Héctor sostenía el teléfono, dudando, cuando su asistente personal se acercó:

—Héctor, el auto está listo, ya podemos salir.

—Voy.

Héctor seguía sintiendo un hueco en el pecho, pero pensó que en la capital estaban Rogelio y Aldana.

Y Gilda no era de las que se dejaban pisotear.

Seguro se estaba imaginando cosas de más.

—Vámonos.

Héctor revisó la hora y no quiso retrasarse.

Si terminaba el trabajo rápido, podría volver antes para verla.

Llevaban separados una semana.

Y la verdad era que pensaba en ella cada maldito minuto.

***

En la capital.

Gilda no durmió en toda la noche para organizar cada detalle.

Los insultos en internet, en lugar de bajar, se multiplicaban.

[¿Conferencia? ¡Esta tipa de verdad se cree muy importante!]

[¿Esto será para limpiar su nombre o para admitir su culpa? Hasta hoy no ha dicho ni pío ni ha pedido perdón. Dudo mucho que vaya a admitir algo.]

Además.

Si admitía la culpa, tendría que enfrentar a la ley.

[Seguro que es para limpiar su nombre. No olviden que la familia Lucero la respalda.]

[Nosotros, los ciudadanos comunes, ya no tenemos forma de ganar contra los ricos.]

[¡Dios mío, por qué no mandas un rayo y fulminas a gente como Gilda!]

[...]

Había comentarios mucho peores, pero Gilda dejó de leer y le escribió a Dalia:

—¿Ya está Alondra Valeriano en el lugar?

Dalia respondió con los dientes apretados: —Llegó desde hace rato.

—Qué bueno.

Gilda torció la boca y en sus ojos se asomó un destello frío.

—Prepárate, vamos a cerrar la puerta y moler a palos a ese perro sarnoso.

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