—¿Creíste que comprando al atacante podrías limpiarte las manos?
Alondra fulminó a Gilda con la mirada, hablando con un tono chillón y soberbio.
—Señorita Gilda, sus pruebas inventadas son patéticas.
—¿En serio?
Gilda movió la mano, y los hombres de negro obligaron al atacante a sentarse en una silla.
—Entonces ahora veamos algo más «sofisticado».
Al terminar de hablar, dos pantallas gigantes a sus espaldas se encendieron, mostrando contenidos distintos.
Del lado izquierdo: se veía al mayordomo de Alondra dándole instrucciones precisas al atacante.
Se escuchaba claramente cuando le decía que le partiera el brazo a Vicente Quintero.
Del lado derecho: el mismo mayordomo hablando por teléfono con Vicente Quintero, exigiéndole que mantuviera la boca cerrada y no cometiera estupideces.
Había varios clips de voz.
Uno de ellos sonó al volumen más alto posible: [Si quieres que tu hijo sobreviva, vas a hacer exactamente lo que te digamos.]
[Que te quede claro, el Estudio Gilda fue el culpable de que perdieras tu brazo.]
[Pase lo que pase, no vas a dejar de culpar a Gilda.]
[Cuando esto termine, nuestra Señorita te dará el dinero suficiente para el trasplante de corazón de tu hijo.]
—¡Uuuuhhh!
Tras escuchar los audios, el público estalló en susurros y gritos de asombro.
¿Amenazaron a Vicente Quintero usando a su propio hijo, solo para destruir a Gilda?
Eso era no tener alma.
—Se-señorita... —El periodista aliado miró a Alondra, completamente pasmado.
¿Acaso no habían pagado a un hacker para borrar todos los videos y audios?
¡Les habían jurado que era imposible recuperarlos!
Sintiendo todas las miradas clavadas en ella, el pulso de Alondra se aceleró al mil.
Pero se obligó a sí misma a no perder los estribos.
No importaba.
Aún tenía en su poder la pieza principal: Vicente Quintero.
Su testimonio sería suficiente para invalidar todas estas pruebas de pacotilla.
—¡Cállate y no entres en pánico! —lo calló Alondra, con una mirada repleta de odio, y susurró: —¿Qué hay de Vicente Quintero?

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