En la casa de subastas se habían reunido numerosos magnates de familias adineradas y la alta sociedad.
Los lotes eran de un valor incalculable.
La seguridad era extremadamente rigurosa, con múltiples capas de protección.
Rogelio y Aldana fueron acomodados en los asientos VIP de la primera fila.
—¿Qué desean beber? —preguntó un camarero respetuosamente, ofreciéndoles una bandeja—. ¿Vino tinto o café?
—Por favor, a mi prometida tráele un jugo de mango. Ella no bebe alcohol —dijo Rogelio con voz suave, tras echar un vistazo a la bandeja.
«¿Prometida?».
El camarero miró sorprendido a Aldana. «¿Así que ella es la futura señora del Continente del Norte?».
Desde luego, su porte era extraordinario.
—Sí —asintió el camarero, y luego preguntó—: ¿Y usted, señor Rogelio?
—¿Yo?
Tras pensarlo unos segundos, Rogelio respondió lentamente:
—Agua mineral.
«¿Agua mineral?».
En este tipo de eventos, lo normal era beber vino tinto, café o, como mucho, jugo.
Era la primera vez que veía a alguien pedir agua mineral.
—Tú no vas a conducir, ¿por qué no bebes vino tinto?
Aldana también lo miró extrañada, y su voz perezosa se dejó oír.
Recordaba que a él le gustaba bastante el vino.
—Mmm.
Rogelio le tomó la mano, con la mirada llena de amor, y dijo en voz baja:
—De ahora en adelante, comeremos sano. Hay que controlar estas cosas.
Sobre todo el alcohol y las bebidas gaseosas; era mejor evitarlas por completo.
Aldana lo escuchaba sin entender, preguntándose qué mosca le había picado, cuando de repente…
En el pasillo lateral, se produjo un pequeño revuelo.
«Es ella».
Aldana miró y vio a la mujer, que llevaba un largo vestido rojo de estilo retro y tacones de siete centímetros.
Su cabello estaba recogido en un peinado elaborado, y un fino velo negro le caía sobre la frente, cubriendo parte de su rostro.
A pesar de no poder verle la cara, su figura espectacular y su elegancia atrajeron rápidamente la atención de todos.
Lourdes.
Creía que era la persona que había visto la noche anterior en el bar.
Al mirar más de cerca…
«¿No es ese el mandamás del Continente del Norte, el presidente del Grupo Lucero, Rogelio?».
¿Él también había venido a esta subasta?
Ciertamente, tenía un aire elegante y una apariencia muy atractiva.
Entonces, la chica a su lado debía ser la prometida que había anunciado oficialmente hacía poco.
Lourdes dejó su bolso, cruzó sus largas piernas y se reclinó elegantemente, mirando a la prometida de él.
Quería ver qué clase de chica había logrado conquistar a un demonio como Rogelio.
La chica llevaba una gorra de béisbol negra, estaba sentada con una postura relajada y sostenía un vaso de jugo.
Lamentablemente, no podía verle la cara, pero tenía la vaga impresión de que era una belleza muy joven.
La curiosidad de Lourdes se despertó y, justo cuando se disponía a buscar información sobre ella, el presidente de un banco se acercó a saludarla:
—Señorita Yáñez, cuánto tiempo sin verla.
Lourdes se levantó para conversar y se olvidó del asunto.
Poco después, la subasta comenzó oficialmente.

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