El salón de banquetes estaba decorado con un lujo deslumbrante y la cena se servía en estilo buffet.
El lugar estaba repleto de invitados que charlaban animadamente, con las copas tintineando en el aire. Todos pertenecían a la más alta sociedad; los hombres lucían impecables y elegantes, mientras que las mujeres destilaban gracia, envueltas en vestidos deslumbrantes.
Apenas entraron al salón, una pareja se les acercó. El hombre saludó a Lázaro Guzmán con un apretón de manos.
Su acompañante parecía tener raíces extranjeras, con unos hermosos y profundos ojos azules. Al ver a Fátima Sarmiento, la saludó con un abrazo afectuoso.
—Señora Fernández, cada día se ve más hermosa —dijo Fátima con una sonrisa radiante.
—Para nada, querida. Nadie supera la belleza de la señora Guzmán.
Magdalena Sarmiento rara vez asistía a eventos tan majestuosos. Al ver la multitud y el constante ir y venir de los invitados, se sintió un poco fuera de lugar, quedándose un paso atrás de Fátima.
Mientras tanto, Fátima y la señora Fernández charlaban animadamente, sin notar la incomodidad de la joven.
Un mesero pasó a su lado con una bandeja de champán. Magdalena tomó una copa y caminó hasta encontrar un asiento apartado en un rincón. Desde allí, observó con expresión serena a la multitud, hasta que su mirada se detuvo en Lázaro y Fátima, quienes seguían conversando alegremente con don Hugo Fernández y su esposa.
Esa noche, Fátima llevaba un deslumbrante vestido fucsia sin tirantes que resaltaba su tez luminosa y su figura envidiable.
Lázaro, por su parte, vestía un traje plateado con una camisa blanca, desprendiendo un aura de elegancia y distinción.
Él se veía apuesto y refinado; ella, dulce y deslumbrante. Juntos, formaban la pareja ideal.
En ese momento, Magdalena no tuvo más remedio que admitir que ambos nacieron para estar juntos.
Una sonrisa llena de amargura y burla hacia sí misma se dibujó en sus labios. Bajó la mirada hacia su copa, hizo girar el líquido dorado con suavidad y le dio un pequeño sorbo.
Después de intercambiar un par de anécdotas más, Fátima recordó a Magdalena. Al girarse y no verla, recorrió el salón con la mirada hasta encontrarla sentada sola en un rincón.
Octavio Sarmiento le había pedido expresamente que aprovechara la ocasión para presentar a Magdalena y ayudarla a hacer contactos.


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