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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 22

La señora Aguilar no pudo ocultar su asombro y la examinó de pies a cabeza. Su mirada era una mezcla de duda y sorpresa.

¿Acaso estaba tan desinformada? No tenía idea de que la familia Sarmiento tuviera otra hija.

La señora Chávez le dio un discreto codazo a la señora Aguilar, quien rápidamente se dio cuenta de su indiscreción y soltó una risa nerviosa.

—La señorita Sarmiento es preciosa. Supongo que aún sigue en la universidad, ¿verdad?

Magdalena tenía un cutis radiante y de porcelana, facciones delicadas y unos ojos oscuros y cristalinos. Para quienes no la conocían, parecía una joven estudiante que aún no se había enfrentado al mundo real.

—Magda ya se graduó —explicó Fátima con una sonrisa—. Ha vivido en el extranjero todos estos años y regresó al país hace apenas medio mes. Por eso no la habían visto antes.

Con esa explicación, ambas mujeres asintieron aliviadas y comenzaron a llenar a Magdalena de halagos interminables.

Magdalena mantuvo su sonrisa en todo momento y, cuando finalmente se quedaron sin cumplidos, respondió con un educado agradecimiento.

Fátima estaba a punto de llevarla a conocer a más personas cuando un repentino murmullo recorrió el salón. Todos giraron la cabeza hacia la entrada.

El hombre que acababa de cruzar las puertas llevaba un traje hecho a la medida. Era asombrosamente apuesto, pero su elegancia estaba teñida de una frialdad y una indiferencia que nadie podía pasar por alto.

Su sola presencia pareció darle un nuevo matiz a la velada. De inmediato, varios invitados se acercaron para saludarlo y estrechar su mano.

Aunque esbozaba una leve sonrisa, su expresión seguía siendo distante. Ni demasiado amigable, ni del todo frío.

Octavio Sarmiento se acercó a ellas. Tanto Magdalena como Fátima lo saludaron al unísono.

Octavio asintió, miró a Magdalena y levantó ligeramente el brazo.

—Ven conmigo.

Renato asintió levemente. Como otras personas se acercaron para saludarlo, Octavio llevó a Magdalena hacia otro lado del salón.

Esa noche asistieron muchos herederos de familias influyentes, y Octavio, con una paciencia inagotable, la paseó por todo el lugar para presentarla.

Mientras tanto, Lázaro Guzmán, que charlaba con unos conocidos, parecía tener la mente en otro lado. Sus ojos buscaban constantemente la figura de Magdalena entre la multitud. Apenas escuchaba a quienes le hablaban, y el constante movimiento de su copa delataba su ansiedad.

Después de dar toda una vuelta, la sonrisa de Magdalena ya estaba rígida. Octavio pareció notar su agotamiento y dejó de presionarla. Ella aprovechó la oportunidad para escapar al baño.

Al verla alejarse, Lázaro se disculpó rápidamente con sus interlocutores, dejó su copa en la bandeja de un mesero y salió del salón.

Cuando Magdalena salió del baño, se topó con Lázaro en la esquina del pasillo.

Él estaba recargado contra la pared, con una mano en el bolsillo del pantalón y la otra jugando con un encendedor. Hubo un chasquido metálico y una llama azul iluminó el espacio.

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