La señora Aguilar no pudo ocultar su asombro y la examinó de pies a cabeza. Su mirada era una mezcla de duda y sorpresa.
¿Acaso estaba tan desinformada? No tenía idea de que la familia Sarmiento tuviera otra hija.
La señora Chávez le dio un discreto codazo a la señora Aguilar, quien rápidamente se dio cuenta de su indiscreción y soltó una risa nerviosa.
—La señorita Sarmiento es preciosa. Supongo que aún sigue en la universidad, ¿verdad?
Magdalena tenía un cutis radiante y de porcelana, facciones delicadas y unos ojos oscuros y cristalinos. Para quienes no la conocían, parecía una joven estudiante que aún no se había enfrentado al mundo real.
—Magda ya se graduó —explicó Fátima con una sonrisa—. Ha vivido en el extranjero todos estos años y regresó al país hace apenas medio mes. Por eso no la habían visto antes.
Con esa explicación, ambas mujeres asintieron aliviadas y comenzaron a llenar a Magdalena de halagos interminables.
Magdalena mantuvo su sonrisa en todo momento y, cuando finalmente se quedaron sin cumplidos, respondió con un educado agradecimiento.
Fátima estaba a punto de llevarla a conocer a más personas cuando un repentino murmullo recorrió el salón. Todos giraron la cabeza hacia la entrada.
El hombre que acababa de cruzar las puertas llevaba un traje hecho a la medida. Era asombrosamente apuesto, pero su elegancia estaba teñida de una frialdad y una indiferencia que nadie podía pasar por alto.
Su sola presencia pareció darle un nuevo matiz a la velada. De inmediato, varios invitados se acercaron para saludarlo y estrechar su mano.
Aunque esbozaba una leve sonrisa, su expresión seguía siendo distante. Ni demasiado amigable, ni del todo frío.
Octavio Sarmiento se acercó a ellas. Tanto Magdalena como Fátima lo saludaron al unísono.
Octavio asintió, miró a Magdalena y levantó ligeramente el brazo.
—Ven conmigo.

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