Frente a la puerta de la habitación 6088, una mujer con un vestido fucsia que dejaba los hombros al descubierto esperaba visiblemente nerviosa.
Respiró profundo y tocó la puerta con suavidad.
Nadie respondió después de un par de intentos. Empezaba a perder el valor, pero se negaba a rendirse.
Cuando golpeó por tercera vez, la puerta finalmente se abrió desde adentro.
El hombre que abrió ni siquiera se fijó bien en quién estaba afuera. Su voz resonó fría y cortante:
—¿No llevabas la tarjeta?
Paula Suárez dio un respingo al escuchar el tono molesto, pero, recordando a qué había ido, se obligó a mantener la calma.
El hombre frente a ella acababa de salir de la ducha; llevaba solo una toalla a la cintura y pequeñas gotas de agua aún escurrían por las puntas de su cabello.
Las mejillas de la mujer se tiñeron de rojo al instante y tartamudeó:
—Pre… presidente Jiménez, soy Paula Suárez, vine a…
Al escuchar una voz femenina desconocida, Renato detuvo su marcha hacia el interior de la habitación. Se giró, la miró fijamente y frunció el ceño.
—¿A qué viniste?
La mirada afilada de Renato hizo que Paula sintiera un nudo en el estómago. Bajó la vista, incapaz de sostenerle la mirada, y aferró la tela de su vestido con ambas manos.
—Presidente Jiménez, vine a disculparme.
Los ojos de Renato estaban fríos y serenos. No reflejaban ninguna emoción ni revelaban lo que realmente pensaba.
—Ya te disculpaste. Puedes irte.
Se dio la vuelta y caminó hacia el interior mientras se secaba el cabello húmedo con otra toalla.
Paula se quedó paralizada un segundo, pero, en lugar de retirarse discretamente, levantó un poco la mirada para observarlo a escondidas.
Con él de espaldas, viendo su torso desnudo, el corazón de Paula empezó a latir a mil por hora.
Reuniendo coraje, dio un paso tras otro hacia el interior de la habitación. Su largo vestido ajustado en la cintura y más amplio desde las caderas, resaltaba sus curvas y su figura envidiable.
—Presidente Jiménez, mi padre es Adán Suárez, yo…
Paula miró de reojo la bolsa que Magdalena llevaba en la mano. Desde la abertura, se asomaba ropa de hombre.
—¿Le está llevando ropa al presidente Jiménez?
Magdalena asintió sin darle importancia. De inmediato, Paula se acercó, le tomó la mano libre y la miró con desesperación.
Magdalena parpadeó, desconcertada. No le gustaba el contacto físico con extraños.
Retiró la mano sin disimular su incomodidad.
—Señorita, lo que tenga que decir, dígalo. No tengo prisa.
Paula se sonrojó de vergüenza por el rechazo, pero recuperó su sonrisa falsa unos segundos después.
—Señorita Sarmiento, me llamo Paula Suárez. Mi padre es el dueño de Materiales de Construcción Suárez.
Magdalena se quedó en silencio, esperando que fuera al grano.
Paula pensó que Magdalena le preguntaría qué necesitaba, pero pasó casi un minuto sin que ella dijera una sola palabra. La situación se volvió terriblemente incómoda.

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