Cuando por fin encontraron a Gabriel Herrera, estaba teniendo intimidad en su auto con una mujer.
Magdalena y Santiago, cada uno con una botella de agua en la mano, se escondieron detrás de los árboles cerca de la acera, esperando a que terminaran para acercarse y fingir un encuentro casual.
Esa calle estaba bastante apartada y casi no pasaba nadie. Además, como ya era de noche, nadie había notado aquella extraña escena.
Pasó media hora y los dos dentro del auto parecían no tener prisa por terminar. A Santiago se le fue acabando la paciencia y empezó a quejarse en voz baja.
—¿A qué hora van a acabar?
Magdalena terminó su agua y tiró la botella vacía en un bote de basura cercano.
—Si quieres, ve y apúralos.
Santiago soltó una risa nerviosa.
—Si eres tan valiente, ve tú.
Esperaron un rato más hasta que, por fin, una mujer con una minifalda negra muy ajustada salió del auto. Mientras caminaba, parecía ir maldiciendo entre dientes; era obvio que las cosas no habían terminado bien.
Después de que la mujer se alejó, Gabriel arrancó el vehículo. Magdalena y Santiago salieron de su escondite. A pocos metros, los esperaba el taxi que habían usado para seguirlo desde el principio.
Santiago le hizo una seña al chofer y este acercó el auto. Ambos subieron rápidamente.
—Siga a ese auto de enfrente —le indicó Magdalena al conductor.
El taxista les echó una mirada muy rara por el espejo retrovisor, pero arrancó y comenzó a seguirlos a la distancia.
El auto de Gabriel se detuvo en el estacionamiento de un gran supermercado, pero la persona que bajó no fue él, sino un hombre completamente desconocido.
Apenas el taxi se detuvo, Magdalena abrió la puerta y salió disparada. Corrió hacia el auto y miró a través de la ventana. No había nadie adentro.
Santiago, que acababa de pagarle al taxista, se acercó justo a tiempo para ver al hombre de la camisa a cuadros entrando al supermercado.
—¿Por qué no lo seguiste? ¡O al menos debiste detenerlo! —preguntó agitado.


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