Al escuchar eso, Santiago se animó de inmediato. Se asomó con una gran sonrisa y preguntó:
—¿Y a qué hora suele llegar? ¿Vendrá hoy?
Su tono sonó un poco desesperado, lo que hizo que el mesero lo mirara con cierta extrañeza.
—Lo siento, pero el club tiene reglas estrictas. No podemos dar información sobre nuestros clientes.
Santiago se levantó, se acercó al mesero y le pasó un brazo por los hombros en plan amistoso.
—Mira, hermano, escúchame un momento...
Casi a rastras, sacó al mesero de la sala.
Unos minutos después, Santiago regresó. Antes de que Magdalena pudiera preguntar, él ya le estaba dando el reporte.
—Sala 2022. A las ocho y media.
Fueron pocas palabras, pero ambos entendieron perfectamente lo que significaba.
Magdalena miró la hora; no daban ni las ocho. Como esperar siempre es la parte más aburrida, se pusieron a jugar a los dados para matar el tiempo.
A las ocho y media en punto, Santiago salió con la excusa de fumar un cigarro para echar un vistazo. Vio a Gabriel Herrera entrar a la sala 2022 rodeado de su grupo de amigos de siempre.
Regresó corriendo a la sala.
—Ya llegó.
Magdalena sacó un pequeño espejo de su bolso y comenzó a retocarse el maquillaje. Se aplicó un brillo labial vibrante y se soltó el cabello, dejando que sus ondas naturales cayeran sedosas y brillantes sobre sus hombros. Ese cambio resaltó la delicadeza de sus facciones, dándole un aire muy seductor.
Santiago adivinó lo que estaba planeando.
—¿De verdad piensas ir a coquetearle?
Magdalena se revisó por última vez en el espejo y, satisfecha con el resultado, lo guardó.
—El que no arriesga, no gana.
Lo único que le preocupaba era si Gabriel aún la recordaba.
Si la había olvidado, iba a tener que esforzarse mucho más.
De inmediato, localizó a Gabriel jugando a las cartas con otros tres hombres. Cada uno tenía a una mujer sentada a su lado.
Al ver que la puerta se abría de golpe, todos voltearon a mirarla. Algunos con sorpresa, otros con confusión y un par más, deslumbrados por su belleza.
Ella fingió asustarse.
—Ay, perdón. Me equivoqué de sala.
Justo cuando hizo el ademán de cerrar la puerta, actuó como si acabara de notar a Gabriel.
—¿Gabriel? —dijo, sonando muy sorprendida.
Gabriel estaba acomodando sus cartas con un cigarro en la boca. Al escuchar que la mujer de la puerta lo llamaba, levantó la vista.
Le pareció que la conocía de algún lado, pero por más que la miraba, no lograba recordar de dónde.
Solo la había visto una vez en su vida, y como esta noche llevaba un maquillaje más atrevido, no logró ubicarla de inmediato.
—Gabriel, soy Magdalena. Nos conocimos en la fiesta de cumpleaños de mi abuelo —le recordó ella con una sonrisa.

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