Si hubiera sido Fátima, aunque la recepcionista no la hubiera tratado en persona, seguramente la habría reconocido por la televisión o las revistas.
Por lo tanto, no le quedaba ninguna duda: quien había entregado la ropa era Magdalena.
Le pasó el traje a Camilo y le preguntó a la chica:
—¿Dónde está ella?
Ella respondió temblando de miedo:
—Ya tiene rato que se fue.
Renato no dijo más y caminó hacia los ascensores. Camilo corrió tras él y presionó el botón de subida. Con un sonoro ding, las puertas se abrieron y entraron.
Mientras subían, Renato ordenó repentinamente:
—Llama a Magdalena y dile que vaya al hotel esta noche.
...
Magdalena acababa de sentarse en una cafetería cuando Camilo la llamó. La mesera le preguntó qué iba a tomar, y después de pedir un capuchino, contestó.
Al escuchar el recado que Camilo le transmitió, miró alrededor. A las cinco de la tarde, la cafetería estaba abarrotada, así que tapó el micrófono y bajó la voz:
—Camilo, ¿podrías pasarle el teléfono? Necesito decirle algo.
Tras un breve Por favor, espere, Camilo tocó la puerta de la oficina:
—Presidente Jiménez, la señorita Sarmiento lo busca.
Renato levantó la vista de sus documentos. Camilo le extendió el aparato. Él lo acercó a su oído:
—¿Qué pasa?
Mientras tanto, Magdalena había corrido a encerrarse al baño. Al escuchar la profunda voz masculina, de pronto se quedó sin palabras.
Solo hasta que Renato, pensando que no lo oían, dijo ¿Bueno?, ella respondió con lentitud:
—En estos días no me siento bien... es decir, no me es conveniente.
Renato se limitó a decir Espérame y le colgó, dejándola totalmente confundida.
Salió del baño, se sentó de nuevo en su mesa, y al mirar por los amplios ventanales, vio que Camilo cruzaba la calle en dirección a ella.
Camilo entró al local, se acercó a paso calmado, notó su palidez extrema y le habló con voz amable:
—Señorita Sarmiento, el presidente me pidió que la llevara a su casa.
Que Renato hubiera enviado a su asistente justo en ese momento era una auténtica salvación. Con gran alivio, agradeció:
—Muchas gracias.
Camilo sonrió:
—No hay de qué, son órdenes del presidente.
El mensaje era claro: todo lo que él hacía era dictado por Renato, así que a quien debía agradecer, era a él.

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