Al ser fin de semana y no tener que trabajar, Magdalena se despertó tarde. Tras desayunar algo rápido, tomó su bolso y salió de casa rumbo al supermercado para comprar algunas cosas de higiene.
Don Bruno la dejó en la puerta del supermercado, y ella le dijo que no la esperara.
Con la canasta en mano, fue a la sección de cuidado personal, tomó dos paquetes de toallas femeninas de la marca que siempre usaba y otras cosas esenciales.
Justo cuando estaba por pagar en la caja, escuchó una voz emocionada a sus espaldas:
—¿Señorita Sarmiento?
Se dio la vuelta; era Paula Suárez, quien llevaba un elegante vestido rojo hasta la rodilla. Su maquillaje exquisito resaltaba aún más su aire de sofisticación.
Magdalena le sonrió cortésmente:
—Señorita Paula, qué casualidad.
—Sí, ¿verdad? —Paula sonrió de manera dulce. Echó un vistazo a las cosas en el mostrador, puso su propia canasta junto a las compras de Magdalena y le indicó a la cajera—: Cobre todo junto, por favor. —Y con gesto ágil sacó su tarjeta de crédito.
Magdalena levantó la mano en señal de negativa:
—No es necesario, cada quien paga lo suyo. —Después de todo, no tenían esa confianza.
—No pasa nada —Paula se aferró del brazo de Magdalena con familiaridad, como si fueran amigas de toda la vida.
A Magdalena le incomodaba la cercanía de personas que apenas conocía. Sintió cómo su cuerpo se tensaba e intentó liberarse, pero Paula la sujetó con más fuerza.
La cajera registró los artículos. Paula digitó su contraseña, firmó, y tras recibir su tarjeta y el recibo, ambas tomaron sus bolsas y salieron del lugar.
Ya en la entrada, Paula soltó de la nada:
—Magda, encargué un vestido en Galerías Internacionales. ¿Me acompañas a recogerlo?
Se habían encontrado hacía apenas unos minutos, y su relación estaba muy lejos de justificar esa confianza, pero Paula ya la llamaba por su nombre.
Magdalena estaba viendo el catálogo de la nueva temporada, así que la asesora no perdió el tiempo y comenzó a platicarle con entusiasmo sobre los diseñadores de cada pieza.
Unos minutos después, Paula salió. Su vestido nuevo era de color morado, con mangas tres cuartos ribeteadas de un encaje finísimo y pequeños cristales brillantes adornando el pecho.
Apenas pisó la sala, la asesora se deshizo en cumplidos exagerados:
—¡Señorita Paula, ese vestido le queda como anillo al dedo!
Paula dio un giro frente al espejo, luciendo más que complacida con la prenda. De pronto, recordó a su acompañante, se giró hacia ella con ojos expectantes y preguntó:
—¿Qué te parece?
Magdalena cerró la revista y le regaló una gran sonrisa:
—Muy bonito, de verdad es hermoso.

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