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Me perteneces, pequeña romance Capítulo 61

Capítulo 59

Dara Smirnov

Puedo sentir como la bilis comienza a subir por mi garganta, y un mareo repentino se hace presente dejándome sin aliento. Dora trata de detenerme, su mano toma la mía, pero me zafo de ella tan rápido que le es casi imposible a la anciana mujer seguirme el paso.

Con desespero busco las llaves de mi coche dentro de mi bolso, y una vez que la encuentro entro al vehículo acelerando el paso lejos del edificio en donde mi prometido vive. Mis manos aprietan con vehemencia el volante del carro, todo a mi alrededor se siente tan extraño. Tan alejo a mí.

—Cálmate… Cálmate, Dara… Eres una jodida Smirnov… Eres la nieta de Miguel Smirnov…

Mi pulso está demasiado acelerado, puedo sentir como pierdo el control de todo, y debo parquearme a un costado de la calle cuando un camión casi me arrebata la vida. Mi teléfono comienza a sonar mostrándome el nombre de mi padre, así que lo guardo dentro de mi bolso porque lo último que quiero ahora mismo es iniciar una nueva guerra.

Luego de unos segundos, vuelvo a conducir, mi corazón palpita con fuerza, y no era para menos, algo dentro de mí me dice que Sergei me está mintiendo, y es mi deber saber en qué. La llegar a la compañía de la familia Russo puedo notar como los empleados me quedan viendo de más; el vigilante de la puerta principal me saluda con pocos ánimos, pero luego corre detrás de mí quizás para evitar que entre a las oficinas de Go Space.

—¡Señorita! ¡Señorita, espere!

Grita, pero acelero mi paso para perderlo de vista.

Con rapidez tomó el elevador que me lleva al piso de mi prometido en un abrir y cerrar de ojos. Una vez las puertas se abren todas las personas se quedan en silencio dándome la señal de que algo no huele para nada bien. Una de las asistentes me brinda un poco de café que niego, mientras que otras se me meten en el camino para detenerme, sin embargo, con todas mis fuerzas llego hasta la puerta que una vez abierta me revelará la verdad.

Mi mano siente el frío metal del pomo de la puerta, y sin dudarlo lo giro.

Trago en seco una vez la silueta de Liliana queda delante de mí, mi cabeza me da vueltas, y las ganas inmensas de llorar me nublan el juicio. Voy a matarla lentamente, y nadie podrá evitarlo.

—¿Y esta perra que hace aquí?

Fue lo único que dije al colocarme frente a ella.

Desde aquí podía sentir su aura de superioridad que yo le bajaría de un solo puño si no fuera porque estamos en el lugar menos pertinente para partirle la cara hasta borrarle esa estúpida sonrisa de su boca.

—Soy Liliana Ford, señorita Smirnov… —Mi corazón se me quería salir del pecho—, soy la nueva asistente del señor Russo.

Ni siquiera pude evitar que mis pies se movieran de un lugar hacia otro, un cosquilleo tonto se apoderó de mi cara, y sonreí mostrando dientes, mientras miraba a mi novio para que negara a esta absurda broma. Poco a poco, y a medida que los segundos pasaban mi sonrisa fue desvaneciéndose.

—¿Es cierto esto?

Sergei se puso en pie.

Retrocedí cuando intentó tocarme.

No está negando, a cambio de eso su mirada está gacha, y el tono áspero de su voz ha desaparecido.

—Sergei… ¿Es cierto? ¿Ella es el nuevo reemplazo de tu antigua asistente?

El italiano asintió sin ni siquiera verme a la cara, tensé la mandíbula, le di un vistazo a la inglesa, y salí de allí sin decir más nada. Detrás de mí pude escuchar los gritos de mi prometido, pero ahora mismo no tenía paciencia para esto, necesitaba calmarme antes de cometer una locura.

¡Antes de quemar el edificio entero con todas las personas dentro!

—¡Dara! ¡Daraaaaaaa! ¡Amor! ¡Detente!

El magnate me tomó con fuerza del antebrazo una vez llegué al elevador.

—¡¿Qué?! ¡¿Qué?! ¿Quieres seguir viéndome la cara de tonta? ¡¿Eso quieres?!

Bajé la voz al notar como los empleados nos miraban.

—Este no es el lugar, señor Russo.

—¿Señor Russo? ¡¿Así le dices a la persona que te cogió anoche?!

Seguí caminando porque no tenía intenciones de escucharlo, mis manos se cruzaron sobre mi pecho; me sentía demasiado ansiosa y celosa como para continuar con esta conversación. Una vez llegué al parqueadero de la empresa, el italiano estrelló mi cuerpo contra la puerta de mi coche, como pude levanté la cabeza porque nuestra diferencia de altura era demasiado notoria.

—¿Qué quieres?

—No puedes irte así…

—¿Así como, señor?

—¡No me llames así! ¡Lo odio!

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