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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 160

••Narra Derek••

Corté la llamada y esperé a que me llegarán los vídeos de la cámara de seguridad de mi propiedad, del momento exacto en que ocurrió todo este alboroto.

Porque en serio pensé que era una broma en el momento que Carla me llamó histérica, diciéndome que Erika había golpeado mi madre, tomó una de las camionetas y la estrelló contra el vehículo de mis padres, y después huyó de la mansión pisando el acelerador como si no hubiera un mañana.

Por suerte, todos mis vehículos tienen rastreador. Enseguida supe que iba a ver a Kira y Carla me lo confirmó por llamada, ya que al parecer tuvieron una conversación muy acalorada sobre ella. No sabía qué clase de chisme le contó mi madre a ese hombre, pero tenía que averiguarlo.

Uno de mis empleados me mandó los vídeos ya recortados de lo sucedido. Me senté en una de las sillas de la sala de espera y me puse a ver vídeo tras video. Hasta llegué a repetirlos.

Era de mal gusto reírse en una sala de espera, pero lo que estaba viendo se lo merecía.

Necesitaba darle un beso francés a esa mujer por abofetear a mi madre. Y tenía ganas de hacerle muchas más cosas indebida al ver como arrastraba el único vehículo que les quedaba a mis padres.

Estaba muy molesto con ella por lo impulsiva que fue, pero… el asunto es que esta es Erika. Me refiero a la Erika que conocí hace diez años, de la mujer que comenzó mi obsesión. Ella tal vez no se daba cuenta, pero estaba recuperando la gallardía y la tenacidad que la caracterizaba en la universidad. Estaba volviendo a ser ella misma. Y no pude evitar sonreír por ello.

La amaba como era actualmente, pero que estuviera recuperando su personalidad de aquella época, significaba que Martín no había logrado fracturarla permanente.

Guardé el celular en el bolsillo de mi saco y caminé de regreso a la habitación. ¿Y qué fue lo que me encontré? A Erika, abriendo la puerta de SU habitación como si fuera un ladrón, y entrando de puntillas.

Le dije que se quedara adentro, que no saliera. Pero un rasgo que no ha perdido en estos diez años es: que jamás hace caso.

Ya no iba a permitir que se despegara de mí. Iría a donde yo fuera y permanecería bajo vigilancia.

Entré en la habitación con cuidado, viendo como se subía en la camilla, dándome la espalda.

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