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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 58

―Es mentira ―susurró Katherine, en plena negación.

―Puedes salir de esta casa y preguntarle directamente, si es que se digna a recibir a gente tan poca cosa como ustedes ―Alardeó mi esposo.

Me encontraba embobada por la sorpresa. No me lo podía creer. ¿En serio el fundador conservador de los bancos Fisher permitió que su nieto casara a la fuerza a una secretaria sin herencia y terrenos? ¿A cambio de qué? ¿Así como si nada?

―Mi padre no permitiría manchar nuestro linaje de esa manera ―dijo Rodolf.

―¿De qué hablas? Si ustedes fueron los únicos que mancharon nuestro apellido ―Soltó Derek, como una serpiente venenosa.

―Ella no tiene el estatus para formar parte de los Fisher. Tu abuelo…

―Mi abuelo lo único que quiere es verme casado con una buena mujer y que le dé un par de nietos.

Las mejillas se me incendiaron.

¿Nietos? Jamás mencionó nada sobre hijos. Se supone que el contrato de matrimonio es por un año. No entiendo. ¿Me habré perdido en algún punto de la conversación y estarán hablando de otra mujer?

―¿Qué le pasó a su brazo? ―intervino Miriam, girando drásticamente la conversación.

―Me caí ―respondí con prisa.

Recurrí a la mentira porque no quería que esos seres se enterarán de lo ocurrido, porque sabía que estarían felices por mi desgracia.

Aún así, Miriam sonrió con satisfacción.

―¿Tú se lo hiciste? ―preguntó su padre.

―¿Qué demonios? ―gruñó Derek―. ¿En verdad me estás preguntando si le rompí el brazo a mi esposa? ¡Jamás en mi vida le he pegado a una mujer!

Su semblante vaciló por un segundo, seguro recordando las nalgadas que me propinó cuando me encontró robando.

―Siempre has sido un niño violento. Te has dedicado a maltratar a mucha gente ―respondió, molesto.

―¡No creo que seas el indicado para decir eso! ―exclamó Derek, al borde de la ira.

―Él no la lastimó ―La expresión de Miriam pasó a ser una de dolor y su voz sonaba lastimera―. Nunca ha podido maltratar a la desgraciada. A pesar que cumplía con los requisitos para sufrir bullying de su parte.

―¡Es suficiente! ―gritó mi esposo―. ¡Los quiero fuera de aquí!

―Igual que en la universidad, siempre defendiéndola. Inclusive fuiste capaz de salvarla de la expulsión ―Miriam no se detuvo, tenía los ojos vidriosos―. Era mi oportunidad para deshacerme de ella, pero moviste tus influencias para evitar que la expulsarán.

¿Qué? ¿Fue Derek quién evitó que me expulsarán luego de la pelea que tuvimos esa tipa y yo? Pensé que el consejo había deliberado en mi favor.

Vi a Derek con nuevos ojos; más gentiles. Esos días fueron un infierno para mí y había perdido la esperanza en que me dejarán continuar con la beca. Cuándo el decano me avisó que no me expulsarían, lloré de felicidad.

―¡Estos malditos me convertirán en un asesino! ―Derek procedió agarrar la lámpara de la mesita de noche―. ¡Vengan aquí, malditos! Haré un patrón en las paredes con su sangre.

Ese hombre estaba fuera de si, dominado por la ira.

Por primera vez vi el terror en el rostro de los tres invitados indeseados.

El hombre de metro noventa fue tras ellos, estos reaccionaron de inmediato y salieron corriendo, luchando por salir por la puerta. Todos desaparecieron de la habitación en un parpadeo.

Escuché la risa rebosante de Carla en el pasillo.

No sabía que sentir al respecto. Quería reírme por este final de la situación, estaba alegre por saber que fue Derek quién salvó mi vida universitaria y preocupada por las declaraciones sobre el abuelo y los… nietos.

Los minutos pasaron y comenzaba a creer que Derek realmente los había matado. Pero esa nube de pensamientos se esfumó cuando apareció por la puerta con una bandeja de comida y sonriendo como un felino.

Lo miré de arriba abajo, verificando que no tuviese manchas de sangre.

Parpadeó, impactado.

¿Tan raro es escucharme decir “gracias”?

―No hay problema. Te alimentaré hasta que te recuperes ―dijo en voz baja.

―No me refería a eso ―Me sonrojé―. Gracias por salvarme de la expulsión.

Revolvió la avena, incómodo.

―No hay problema. Ya es cosa del pasado.

―¿Por qué lo hiciste?

Me ofreció una sonrisa triste.

―Es ofensivo que me lo preguntes cuando sabes la razón por la que evité que te expulsarán. Misma razón por la que te convertí en mi esposa.

“Porque te amo“ esa es la razón. Yo lo sabía. Y algo me decía que me costaría escuchar esas palabras salir de su boca luego de mi traición. Yo sé que él continuaba amándome, pero lo más probable es que no lo dijera en voz alta más nunca.

―Reformularé la pregunta, ¿por qué no me dijiste?

Su mirada fue penetrante y llena de significado.

―En esa época me odiabas. Querías estudiar, pero te conocía. Si descubrías que fui yo quien evitó la expulsión, renunciarías por tu cuenta a la beca. Porque eras muy orgullosa. Algo que perdiste con el tiempo y ahora te doblegas con facilidad ―dijo en un hilo de voz.

Sus palabras fueron como una patada en el estómago. Él tenía razón. No era ni la mitad de lo que era en mi etapa universitaria. Antes no hubiese agachado la cabeza y aceptado cada trato injusto.

Tenía carácter, orgullo, objetivos de grandeza. Actualmente, no tengo nada.

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