Era evidente que Tiago ya no tenía paciencia con aquel niño malcriado; su tono se volvió especialmente gélido.
—Tiago, ¿acaso estás buscando problemas? No te creas el gran qué solo porque las niñas feas del salón andan detrás de ti. ¿Tienes idea de quién es mi papá?
Lo que Tello más odiaba de Tiago era que, desde que llegó al preescolar, todos los niños que antes jugaban con él ahora preferían la compañía del nuevo. Incluso las niñas lo ignoraban. Antes, las maestras y la directora solo tenían ojos para él, pero ahora todos parecían preferir a Tiago, y eso lo enfurecía.
«Claro que sé quién es tu papá, es Luciano Lara, qué gran cosa», pensó Tiago, aunque no tenía la menor intención de seguirle el juego.
Ese niño malcriado no era otro que el hijo de Jovita y Luciano. Vaya que el mundo era un pañuelo.
—Vaya, vaya, qué mocoso tan arrogante —intervino Pelayo con tono burlón—. A ver, dime, ¿quién es tu papá? Me encantaría saber quién se cree tan importante como para criar a un niño tan maleducado.
—¡Ja! Mi papá es el presidente del Corporativo Lara y mi mamá es la directora de diseño. Si se atreven a meterse conmigo, ¡le diré a mi mamá que los destruya!
El niño se puso las manos en la cintura, presumiendo con descaro, y agitó su dedo regordete frente a los rostros de Pelayo y Tiago. Si le hubieran dado un arma en ese momento, probablemente habría disparado.
—¿Tú eres el hijo de Luciano Lara? —Pelayo no pudo ocultar su sorpresa.
Había escuchado que Luciano tenía un hijo, pero nunca lo había visto en persona. Jamás se imaginó que fuera semejante dolor de cabeza. ¿Cómo demonios lo estaba criando para que terminara siendo un pequeño tirano?
—¡Sí! ¿Qué pasa, ya te dio miedo? —Al ver la reacción de Pelayo, el rostro de Tello se iluminó de triunfo.

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