—¿Y tú quién eres? Estoy hablando con Tiago, ¡no te metas!
En su casa, Tello era el rey. Jovita y Doña Leonora lo tenían tan consentido que le daban absolutamente todo lo que pedía; no le tenía miedo a nadie. En el preescolar ocurría lo mismo, todos cedían ante él. Jamás se había topado con alguien que no le diera la más mínima importancia.
Pelayo se quedó paralizado un segundo, sin saber muy bien cómo responder. Pero, al ver los ojos cristalizados de Tiago, las palabras salieron solas de su boca:
—Yo... ¿pues quién más voy a ser? ¡Soy el papá de Tessa y Tiago! Y si te atreves a molestar a mi hijo frente a mí, te juro que te daré tu merecido, mocoso.
***
En los baños del recinto...
Tessa acababa de salir de su cubículo y, de puntillas, intentaba lavarse las manos. A través del espejo, notó que una mujer con un vestido de gala rosado no dejaba de mirarle la espalda.
El corazón de Tessa dio un vuelco. Esa mujer tenía una mirada aterradora, como la de una bruja de cuento a punto de comerse a una princesa.
La niña quiso secarse rápido para salir corriendo a buscar a su hermano, pero la extraña la llamó de repente.
—Hola, pequeña. Eres alumna del Preescolar Monte Alto, ¿verdad?
Tessa se giró para mirarla. No tenía idea de quién era, lo que disparó todas sus alarmas.
Su mamá siempre le decía que no confiara en extraños, sobre todo si le sonreían de esa forma tan exagerada y aduladora. «Si les haces caso, te secuestran, te llevan a la montaña y nunca más vuelves a ver a mami ni a comer dulces», recordaba Tessa.
Aunque la mujer era bonita y vestía ropa que parecía muy costosa, su sonrisa era más falsa que un billete de tres pesos; parecía una arpía de caricatura y no le agradaba en lo absoluto.
Sin embargo, Tessa era astuta y mantuvo una expresión de total inocencia.
—Hola, señora. ¿Quién es usted? Creo que no la conozco.

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