—Vine con mi papá, por supuesto. Mi mami es una mujer súper ocupada, no tiene tanto tiempo libre como usted para andar paseando por ahí.
Tessa juntó las puntas de sus dedos índices, mirando a Jovita con una chispa de evidente desdén.
Jovita soltó un largo suspiro, sintiendo cómo se le agotaba la paciencia. ¿Quién demonios criaba a esta niña? ¡Cada palabra que salía de su boca era para provocarla! Su sonrisa ensayada finalmente se quebró, quedándose congelada en una mueca tensa.
—Si ya terminó, me tengo que ir. Mi papá me está esperando. Y la verdad, este baño huele un poco mal; le sugiero que no se quede aquí mucho tiempo o el mal olor se le va a pegar a su vestido.
Tessa se despidió moviendo la manita alegremente y salió corriendo con sus piernitas a toda velocidad.
Al escuchar eso, Jovita, de manera instintiva, se levantó el brazo para olerse. No sabía si era pura sugestión, pero de repente sintió que realmente desprendía un aroma extraño. Agitó la mano frente a sí misma, como si eso fuera a espantar la peste.
Entonces reaccionó. La mocosa había dicho que su padre la estaba esperando afuera. Sin perder un segundo, Jovita se dirigió a la salida.
—¡Papá!
Pelayo y Tiago seguían en plena tensión con Tello, cuando una voz infantil y dulzona gritó esa palabra, resonando en sus oídos.
Pelayo giró la cabeza y vio a una niña pequeña, vestida con un vestido de princesa blanco y rosa, corriendo hacia él con los brazos abiertos.
Casi por instinto, Pelayo se agachó y la levantó en brazos, abrazándola contra su pecho.
—Tessa, ¿cómo me llamaste? —preguntó él, perplejo.
—¡Papá! Papá Pelayo.
Mientras lo decía, Tessa acercó su carita a la oreja de Pelayo y le susurró:
—Tío Pelayo, adentro hay una mujer muy rara que me estaba haciendo preguntas feas. Parecía una secuestradora de películas, ¡me dio mucho miedo!

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