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Mi ex-marido me arruinó, volví con sus hijos romance Capítulo 124

Pelayo no tenía intenciones de rebajarse a discutir con un niño y una mujer prepotente.

Sin embargo, en ese momento él era el «papá» de Tessa y Tiago. No podía acobardarse; tenía que darles un buen ejemplo a los niños.

Si dejaba que los pisotearan ahora, el día de mañana creerían que debían tragarse los insultos de cualquiera. ¡Ni provocador, ni cobarde!

—¿A quién le dice «de tal palo, tal astilla»?

Jovita jamás había sido humillada de esa manera en público. Al ver que varios invitados del evento comenzaban a voltear hacia ellos, su rostro ardió de la vergüenza, y fulminó a Pelayo con una mirada cargada de furia y resentimiento.

—No solo acusa sin saber, parece que también tiene problemas de audición. ¿No escuchó que se lo decía a usted? —respondió Pelayo, implacable—. Su hijo vino a buscar pleito, ofendió a los míos con aires de grandeza y, en cuanto la vio llegar, armó un berrinche haciéndose la víctima. Y todo esto pasó frente a mucha gente. Usted, en lugar de averiguar qué sucedió, se puso a gritar como loca. Le repito: ¿no cree que es «de tal palo, tal astilla»?

Pelayo no tenía tiempo para dramas absurdos, así que, con voz clara, expuso lo que Tello había hecho, asegurándose de que Jovita quedara en evidencia.

Estaban rodeados de invitados importantes; allí nadie podía simplemente inventarse una mentira y esperar que todos se la creyeran.

Tal como Pelayo predijo, en cuanto terminó de hablar, varias personas a su alrededor asintieron, respaldando su versión.

No obstante, los asistentes a ese tipo de galas eran personas de la alta sociedad. Ninguno iba a meterse directamente en el conflicto, ya que defender a alguien públicamente podía significar ganarse a un enemigo poderoso.

Al verse acorralada por los murmullos y las miradas acusadoras, Jovita sintió que se le caía la cara de vergüenza. Separó a Tello de su abrazo y lo miró fijamente.

—Tello, ¿es verdad lo que dice este señor?

Tello ya se sentía humillado por las miradas de los extraños, y que su madre lo cuestionara lo enfureció aún más. Si admitía que había mentido, ningún niño del preescolar querría jugar con él.

—¡No! ¡Todo es mentira! ¡Están todos en mi contra! ¡Mamá, llama a papá ahora mismo para que venga y les dé una paliza! ¡Que los mate!

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