—Mami hermosa, ya terminamos. Mi hermano y yo vamos a ir a jugar a esa área de ahí —avisó Tessa con una gran sonrisa.
—Vayan, pero no se alejen mucho. Solo un rato y volvemos —indicó Talía asintiendo, mientras la ternura desbordaba en su mirada.
Gema observó cómo los gemelos se alejaban saltando de alegría. Luego, con la vista fija en su plato, comenzó a cortar mecánicamente el corte de carne. Sus grandes ojos, delineados a la perfección, se clavaron en Talía con un rastro de duda. Finalmente, se atrevió a soltar la pregunta:
—Talía... ¿él sabe que regresaste a la ciudad?
—¿Mhm? ¿Quién? —Talía arqueó una ceja, genuinamente desconcertada.
—Pues... ¡Luciano Lara, quién más! —soltó Gema, dejando los cubiertos a un lado.
—¿Y a él qué le importa si regresé o no? ¡Hace años que estamos divorciados! —replicó Talía sin un gramo de duda, como si ya hubiera estado preparada para el interrogatorio.
Además, asumía que a estas alturas Luciano ya debía estar casado con Jovita; después de todo, ellos tenían un hijo juntos desde antes del divorcio. Y para colmo, Doña Leonora siempre adoró a esa mujer. Solo de pensarlo, a Talía le invadió un sabor amargo en la boca.
Por si eso fuera poco, existía una alta probabilidad de que Luciano fuera el verdugo de su familia. Era su enemigo a muerte. El único contacto que volvería a tener con él sería exclusivamente para cobrar venganza.
—¿Cómo puedes tomártelo tan a la ligera? Lo amabas con locura. ¿En serio no sientes ni un poco de tristeza por cómo terminó todo? —le cuestionó Gema. Como su mejor amiga, había sido testigo de cómo Talía se arrastraba por las migajas del amor de Luciano, aguantando humillación tras humillación. No concebía que pudiera borrarlo de su corazón con tanta frialdad.
—No hay nada de qué arrepentirse. Era joven y estúpida. Creí que eso era amor verdadero, me la pasaba jurando que él era el hombre de mi vida... pero la verdad, era solo una obsesión enfermiza. Cuando te alejas, te enfrías y ves las cosas como realmente son. En realidad, ni siquiera lo amaba tanto. Firmar esos papeles de divorcio fue lo mejor que nos pudo pasar. Él es libre y yo por fin soy feliz. No hay nada triste en eso.
Talía soltó todo esto con una ligereza pasmosa, adornando sus palabras con una sonrisa suave que servía de escudo perfecto para enterrar sus verdaderos demonios.
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