Pelayo se sobresaltó, enderezándose de golpe y entrecerrando los ojos para mirar hacia adelante.
Las luces eran tan fuertes que no podía distinguir quién estaba al volante. Solo logró ver un Bentley negro que alternaba entre luces altas y bajas sin parar.
Talía también se despertó por el molesto ruido y la luz cegadora.
—¿Qué está pasando? —preguntó ella.
Su voz, aún ronca y perezosa por el sueño, sonaba increíblemente seductora.
—Nada, el idiota de enfrente que seguro está loco. Ya estamos en el estacionamiento y sigue tocando la bocina y encendiendo las luces altas.
—Ah, ¿ya llegamos al hotel? ¿Dormí mucho? Este saco... ¡gracias!
Ya que no era nada grave, Talía le restó importancia. Al notar que estaba cubierta con el saco blanco de Pelayo, se lo devolvió con una sonrisa.
—¡No hay de qué!
Pelayo lo tomó y se lo puso. La prenda aún conservaba el suave aroma del perfume de Talía, un olor delicado y embriagador. Al recordar que estuvo a punto de perder el control, sus mejillas se tiñeron de un ligero tono carmesí.
Temiendo que ella notara algo extraño, cambió de tema rápidamente.
—No dormiste mucho. Apenas acabo de estacionar, llegamos justo a tiempo.
—Bien, entonces entremos.
Talía tuvo la fugaz sensación de que Pelayo estaba actuando raro, pero no sabría decir exactamente por qué. Solo le pareció que estaba un poco nervioso.
Ambos caminaron hacia la entrada del hotel. Pelayo frunció el ceño y miró una última vez hacia donde estaba estacionado el Bentley, pero las luces ya estaban apagadas y no pudo ver nada.
Dentro del Bentley, Renato esperó a que la pareja entrara al hotel antes de preguntar con timidez:

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