Talía daba ligeros toquecitos a la copa con sus delgados dedos, pensativa y con una expresión cargada de preocupación.
En ese preciso momento, hubo un pequeño alboroto en la entrada del salón. Se escucharon murmullos y exclamaciones de asombro.
Talía y Pelayo cruzaron miradas y voltearon hacia la puerta.
Al ver a Luciano Lara entrando, Talía frunció el ceño con disgusto.
«¿Luciano? ¿Qué hace él aquí?».
Dada la magnitud del evento y el estatus de Luciano, su presencia resultaba bastante inesperada.
Pelayo lo observó con los ojos entrecerrados, evaluando la situación.
Como Talía no tenía ganas de toparse con él, dejó su copa en la mesa.
—Voy al tocador a retocarme el maquillaje.
Sin decir más, se dirigió rápidamente hacia los baños.
Para su mala suerte, apenas entró al tocador, chocó de frente con Jovita.
Había que admitirlo: Jovita se veía hermosa. Llevaba un elegante vestido blanco que llegaba hasta el suelo, adornado con sutiles bordados, el cual delineaba su figura a la perfección y le daba un aura de pureza, como un lirio inmaculado.
Pero al ver a Talía, la delicada sonrisa de Jovita se congeló de inmediato.
—Eres tú... ¿Qué haces aquí?
—Directora Jovita, ¿la conoce? —preguntó sorprendida una joven a su lado, que vestía un atrevido vestido rosa con la espalda descubierta.
—¿Cómo no vas a conocerla? Es Tais, la diseñadora de renombre mundial, directora de diseño del Corporativo BUT y la consultora por la que el Corporativo Lara pagó una fortuna.
—¿Tais? ¿Es ella? ¿En serio? —La chica de rosa no podía creerlo—. ¡Pensé que Tais era extranjera! Nunca imaginé que fuera de aquí.

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